
Era un día frío. Una ciudad cálida. Las calles estaban húmedas, siempre lo estaban.
El chico se dirigía hacia su habitación en un hogar para estudiantes universitarios, recorrido era siempre el mismo al salir del campus: pasar por aquél edificio de personas en traje apuradas y apretujadas al tomar el ascensor que se podía vislumbrar desde los grandes ventanales del lobby, aquél frío parque de enamorados que probablemente no tenían un mejor lugar para ir a besarse que en una plaza aburrida y gélida, finalmente esa iglesia sombría, digna de una película melancólica; en realidad simplemente le recordaba a una película sombría y melancólica que había visto con su padre cuando era pequeño.
Sintió un frío en su espalda, los ejecutivos del edificio seguían recorriendo las escaleras de la entrada apurados. Un miedo indescriptible y en cierta forma bastante irracional, decidió apurar el paso, sentía como alguien le miraba, tenía miedo.
Esto no era un día normal, pensó, sí, lo es, no por supuesto que no.
Su mente se nublaba de pensamientos que parecían aflorar instintivamente mientras el miedo seguía apoderándose.
- Estoy perdida, ¿puedes ayudarme? - dijo una voz femenina detrás suyo, cuando se apresuraba a dejar atrás el gran edificio. Sintió un golpe en el corazón, "Te lo dije, te lo dije", pensaba.
El ambiente pareció calmarse, ya no era frío, simplemente no había nada, estaba vacío de sentimiento.
Los ojos café del chico se posaron sobre la chica. Era una chica de estatura mediana, cara bastante regular, ojos verdes y cabello castaño oscuro, vestía un chaleco rosado y una falda de cuadros color rojo.
- ¿Podrías decirme dónde queda el Obelisk? - dijo la chica, mirando el piso. Ya no había nadie a su alrededor.
La cabeza se le nubló, finalmente el era el que carecía de un sentimiento, estaba vacío.
- Es el edificio de allí, dónde la gente entra ... ¿Eh?. - El chico vió la entrada del edificio totalmente vacía; en los asientos por fuera no se podía ver a ninguna persona apresurada con traje, ni siquiera en los grandes ventanales.
- Gracias, mi nombre es Isabella, discúlpame por la interrupción. - respondió la chica sin quitar la mirada del suelo, la mirada del chico seguía clavada en el vacío vestíbulo.
Isabella dio media vuelta y entró por la gran puerta del Obelisk, sólo cuando ésta pasó corriendo por el vestíbulo rodeada de grandes ventanales el chico se dio cuenta que había entrado a la edificación.
Se hace tarde, sus pensamientos volvían a estar en el mismo sitio de antes, todos ordenados como debían.
Dio media vuelta, un chico venía frente a el, no pudo evitar fijar su mirada en su aspecto. Cabello negro y largo que parecía cubrirle el rostro, chaqueta de cuero negra y jeans negros, sin embargo lo que más le impresionó fue la oscuridad en sus ojos, sólo expresaban rencor y odio. El chico le devolvió la mirada, hasta pasar a su lado para finalmente quedar detrás de él.
Las parejas ya no estaban sentadas en el lúgubre parque, todos los asientos estaban vacíos.
"Gracias, mi nombre es Isabella.", pensó el chico. Había algo en ella, no era su belleza, si no lo que sus ojos transmitían. El miedo surgía poco a poco desde los fríos rincones de su mente, parecía apoderarse poco a poco de su mente, pronto de su cuerpo, de sus pasos.
Ahí estaba la Iglesia.
El chico, el chico; una oleada de pensamientos le invadió. ¿Será normal? ¿Esto es ilógico?, no, nada lo es, lo que siento es verdadero, debo hacerlo, está en peligro. Dio media vuelta y vio el parque vacío; debía llegar al Obelisk lo más pronto posible.
Mercurius entró al lobby y vio pisadas de barro que se dirigían a las escaleras, abrió las puertas que se encontraban a un lado de los ascensores y vislumbro a Isabella pisos arriba, sentada en las escaleras. Sus ojos se volvían a llenar de una oscuridad, se apresuró en subirlas. Debía hacerlo
Al llegar, esta le miró a los ojos. Siempre le había gustado la forma en que los ojos de Mercurius le quemaban su alma, poco a poco, hurgando entre sus pensamientos.
- Isabella, sabes lo que debo hacer. - dijo éste con una voz baja, agachándose y presionando la cabeza de la chica contra su pecho.
- No hasta la oscuridad, quiero verla y sentirla con mis propios ojos. - dijo la chica, apunto de llorar. - Prométeme que lo harás sin sentir dolor, que lo harás sin sentir que no lo merezco.
- Isabella... - los ojos del chico comenzaban a cobrar un sentimiento triste.
La chica se separó de Mercurius, le volvió dirigir la mirada a esos ardientes ojos. La luz de una pequeña ventana que se encontraba a un lado de la escalera comenzó a perder vida. La chica se puso de pie rápidamente.
- ¡Está pasando! - exclamó, sus ojos se le hinchaban.
- Isabella, no lo hagas más difícil - Mercurius se ponía de pie, este era el momento en el que el sacaría su pistola escondida debajo de la chaqueta y presionaría el gatillo en dirección a Isabella. Una luz alumbraba las escaleras cada veinticinco segundos.
Esperaron, Isabella seguía tratando de luchar contra sus lágrimas y Mercurius seguía esperando en vano el momento de empuñar el letal arma y sellar el destino de Isabella en sus manos.
Estaba casi por llegar al Obelisco cuando el cielo comenzó a oscurecerse. El chico miró a su alrededor, el piso comenzaba a humedecerse violentamente. Sus piernas le temblaban, estaba asustado. ¿Dónde estaba? ¿En qué momento todo había cambiado?
Una luz parecía alumbrar la calle cada veinticinco segundos, a lo lejos parecía ver un faro. ¿En la ciudad?
Siguió corriendo en dirección al Obelisk
Las escaleras comenzaron a temblar.
- ¡Isabella no lo hagas más difícil! - gritó Mercurius, al tiempo en que las escaleras se soltaban y comenzaban a bajar violentamente derrumbándose, apenas alcanzó a saltar y a sujetarse de las escaleras que seguían en su lugar mientras las de pisos más abajo continuaban precipitándose hacía abajo violentamente y con ellas su arma.
- Déjame, ¡déjame..! - gritó Isabella mientras seguía subiendo las escaleras; un objeto de metal sonó al colisionar contra el metal de las escaleras, Mercurius se apresuró a alcanzar a Isabella mientras recogía el arma que había caído desde la chaleca de Isabella
- Esa perr... tenía un arma. - dijo Mercurius entre dientes.
El chico continuaba perdido entre la oscuridad, apenas lograba ver hacía dónde se dirigía en los breves momentos de luz que el faro regalaba generosamente. Por fin el Obelisk
Entró al lobby y pensó en usar los ascensores, casi por instinto, sin embargo no funcionaban, Isabella tampoco estaba allí, decidió buscar debajo de la recepción por sí estaba allí escondida, sin embargo no encontró nada más que una linterna; la luz era débil pero le ayudaría bastante.
Se dirigió a las escaleras pero sólo encontró un montón metal verde que parecían haberse derrumbado. Entre ellas y bajo sus pies un arma.
La azotea estaba fría, el piso estaba resbaloso y el edificio parecía estar mojado, húmedo como si hubiera llovido hace unos momentos, desde el edificio podía ver una especie de faro de dónde provenía la luz intermitente que había presenciado momentos atrás en las escaleras. Una sombra serpenteante parecía danzar al rededor de la luz del faro. Isabella estaba cerca del borde del edificio.
- ¿No es hermoso?, Siempre me gustaron las serpientes, es hermosa, realmente hermosa. - Isabella parecía diferente.
- Basta de juegos... Isabella, te estás convirtiendo en...
- Ya es muy tarde ... sólo quiero estar contigo ahora, disfrutando de la belleza. - Se acercó y puso cabeza en su pecho, mientras se aferraba lentamente con sus brazos a Mercurius.
- La gente hace cosas malas... - dijo una voz en la oscuridad que provenía de la entrada, el chico sintió el pánico, la voz era de Isabella, decidió apuntar a la entrada con la linterna.
Una chica de pelo castaño desnuda y con el cabello en su rostro se encontraba parada frente a él.
- ¡Isabella! ... que haces ... - gritó el chico.
La chica se llevó las manos al cabello y dejó ver dos huecos sangrantes en dónde deberían estar sus ojos.
- ¡No queremos ver! - dijo la monstruosidad mientras soltaba una risa y se acercaba con movimientos grotescos hacia el chico.
- ¡...! - El chico se dio vuelta y tomó el arma mientras corría en dirección a las oficinas. La puerta estaba cerrada, no habían escaleras y los ascensores tampoco funcionaban.
- ¿Me amas? - Dijo Isabella, mientras la figura serpenteante comenzaba a acercarse al edificio.
- Yo ... Isabella... - Mercurius trataba de contener la respiración mientras Isabella presionaba su cabeza lentamente en contra de su pecho.
- ¿Esto es lo que quieres? - Las manos de Isabella bajaban lentamente por el torso de Mercurius y luego recorrían lentamente sus brazos.
- ¡Aléjate! - gritó el chico, mientras el ser que parecía ser Isabella seguía acercándose.
- ¡Aléjate!, ¡Aléjate!, me han hecho daño, sálvame, sálvame ... ¡hahaha! - La figura seguía moviéndose retorcidamente mientras se acercaba y soltaba carcajadas, entre las risas el chico vio como no tenía dientes y en lugar de ellos se encontraban encías vacías y sangrientas.
- ¡Voy a disparar! - El chico apuntó el arma a la humanoide.
- ¡Pues no será la primera vez que me dan! ¡HAHA! - el ser seguía caminando, esta vez estaba a menos de tres metros.
Isabella quitó el arma de las manos de Mercurius y volvió a recorrer el torso con sus manos hasta apuntar con el arma a la cabeza de éste.
- Ahora sabes como se siente ... que te den y no poder hacer nada ... - dijo Isabella, esta vez mirando fijamente a los ojos de Mercurius. La figura de la serpiente voladora seguía haciéndose cada vez más grande; esta vez se le podía ver grandes ojos rojos que parecían recorrer el cielo y volverse cada vez más grandes y profundos.
- ¡Alto! ... Alto por favor ... - suplicó el chico finalmente.
El ser se lanzó contra este rasgándole el cuello y golpeándolo en el rostro. Luchó para sacárselo de encima, pero tenía una fuerza sobrehumana. Rezó en sus adentros, la desesperación le consumía, ya no tenía miedo, si no rabia y un ardor le recorría el alma hasta dar en su garganta. Tenía ganas de llorar.
La sangre de los huecos le saltaba en el rostro mientras el ser le golpeaba. Todo estaba perdido. Una luz intermitente comenzaba a rondarle los pensamientos, iluminando su ser. Una serpiente de ojos rojos parecía revolverle el estómago. La luz de hizo en su alma.
Golpeó al ser con todas sus fuerzas y cogió el arma.
Apuntó, mientras este chillaba en el suelo para volver a lanzarse.
Disparó. No sabe cuantas veces lo hizo, pero el ser calló envuelto en un manto de sangre frente a el.
- Es hora de terminarte a tí ... Mercurius ... - Los dedos de Isabella comenzaban a presionar lentamente el gatillo en dirección a la cabeza del chico. - Qué ... qué es eso ... - Isabella comenzaba a dar pasos hacia atrás y a derramar sangre por su boca, el arma cayó al piso. En ese momento Mercurius pareció despertar, la serpiente ya no estaba en el aire. Sus ojos rojos ya no le observaban. Entonces lo entendió.
Fijó su mirada en Isabella que se retorcía frente a el. Al percatarse de la presencia de éste frente a ella se volvió hacia el y lo abrazó desde la cintura.
- Parece que alguien te ha salvado, Ahora .. ¡Ámame! - decía o al menos eso creyó oír Mercurius.
La levantó del cuello y la alzó frente al gran abismo negro que se vislumbraba desde la azotea. La sangre seguía brotando.
- Mírame. - Ordenó, Isabella obedeció con sus marrones ojos.
- Ámame, si me amaste ... dime que sí. - Isabella comenzaba a perderse en sus ojos que parecían convertir en cenizas todo.
La volvió a alzar y finalmente la puso suspendida en el aire.
- Me haces daño ... Mercurius ... me haces daño, duele mucho. - Isabella comenzaba a forcejear con sus manos, para poder quitar las manos del chico de su cuello. - Ámame, ¡dime que me amas! - finalmente dijo.
- Nunca lo hice. - concluyó Mercurius, mirándola fijamente.
En ese momento, el faro se apagó, el alma de Isabella se incineró completamente por los ojos del chico. Pronto se sentía volando, sus lágrimas caían hacia arriba, todo parecía haber terminado.
"Gracias", pensó para sus adentros, "Te lo agradezco, gracias por amarme", sonriente la chica se precipitaba hacia el abismo.
El chico comenzaba a respirar cada vez más rápido, sus ropas estaban mojadas y su corazón latía cada vez con mayor rapidez. El ser seguía allí tirado, en la oscuridad sangrante.
Sentía miedo, se sentía estúpido, se sentía pequeño. Pero pronto pensó con mayor claridad y llegó al a conclusión que debía salir de allí. Se levantó con desesperación, la luz del faro ya no alumbraba más.
Presionó desesperadamente los botones del ascensor, la linterna comenzaba a parpadear. Finalmente una de las puertas se abrió con toda la maravillosa luz que un ascensor de un edificio ejecutivo podía proporcionarle, casi con automática reacción entró y se fue deslizando poco poco apoyado en la pared. Perdiendo fuerzas y rompiendo en llantos pensó en la chica.
La puerta se abrió, varios de rostros miraban atónitos al pequeño bulto tirado en el piso del ascensor.
El chico miró. Eran los tipos de traje que le miraban con curiosidad. Escondió el arma debajo de su chaleco y salió fuera mientras la gente le miraba.
Más gente había afuera del Obelisk, una chica yacía muerta en el piso. Los susurros decían "suicidio" todo parecía asquerosamente real. Los ojos del chico seguían hinchados.
Todo era real.