miércoles, 31 de agosto de 2011

Las catacumbas eran circulares, como las anteriores, sin embargo ésta contaba con un pasillo en dirección norte repleto de tumbas en sus paredes, Lex tenía miedo, los lugares anteriores eran pequeños y vacíos, sin embargo quién sabía si había algún espíritu del desierto rondando por allí.

Los Duhur, monjes ancestrales del desierto de Adul'hab no se podían permitir morir en las ciudades puesto que eran lugares sagrados, una ciudad siempre estaba asentada sobre un Oasis y éstos eran lugar de veneración por los monjes, fuentes de vida en medio del abrasador desierto. Construyeron miles de catacumbas a lo largo del desierto algunas conectadas entre sí, que luego al quedar sepultadas por la arena servirían como refugio para los viajeros de los Espíritus del desierto.

El ambiente allí era húmedo, los sarcófagos parecían susurrar un lenguaje lejano y etéreo, el silencio parecía apoderarse del lugar mientras Set y Lex observaban detenidamente el pasillo que se perdía en la profundidad de las sombras y las penumbras.

-No podemos dormir aquí. - Set parecía serio otra vez, estaba delante de Lex, frente al pasillo observándolo con detenimiento. -¿A qué te refieres? - Lex comenzaba a impacientarse.
-Aquí hay un Condenado, un espíritu. - Esta vez Set hablaba bajo, como si no quisiera emitir mucho ruido. Las paredes seguían susurrando silenciosamente, Set hizo una señal al chico con su mano para que avanzaran en la oscuridad.

Los pasos parecían desquebrajar cada vez más el susurro incesante, cada paso despellejaba el silencio, volviéndose una lenta carrera al abismo oscuro que yacía frente a ambos. Justo antes de seguir por el pasillo oscuro, Set se detuvo y sacó una antorcha y un libro viejo de portada azul marino desde el bolso.

- Set, ¿qué es eso? - los latidos de Lex se hacían cada vez más rápido. Desde que llegaron al desierto de Adul'hab, había oído de los Espíritus del Desierto, sin embargo Set siempre entraba a las catacumbas para luego dormir antes del amanecer, haciendo imposible la visión de uno. Lex se imaginaba un ser horrendo y grotesco esperando en las sombras para devorar sus almas; luego se dio cuenta de que debían ser más fantasmales y etéreos por la connotación de "Espíritu". Después de un tiempo Set les llamó "Seres Físicos", entonces Lex desertó en la labor de encontrarle una forma a aquéllos temidos seres.
-Un Libro de Esplendor, estas páginas contienen los secretos espirituales del desierto. - respondió, sin perder de vista la oscuridad, con el libro entre sus piernas y encendiendo la antorcha con un extraño artefacto largo parecido a una caña de metal que dejaba salir una pequeña llama azul desde uno de sus extremos.

La luz invadió el lugar, los susurros se detuvieron, las paredes dejaron de hablar, los muertos callaron y entre las sombras ya desvanecidas por la luz, en una esquina al final del pasillo, había un bulto de carne blanca con magulladuras rojas. Lex se controló para no soltar un alarido, sin embargo éste si gritó, pero para sus adentros, dónde las ondas sonoras se convirtieron en un miedo inexplicable.




sábado, 27 de agosto de 2011

-¿Y de noche no es más difícil verlos?. - Lex estaba realmente interesado en el tema. Por fin podría ver el mundo con mis propios ojos y no de relatos vacíos que el Frater Euranios le contaba.
- Duermen en la noche, como la gente normal - El desierto seguía viéndose claramente, arenas infinitas aparecían ante cada uno de sus pasos, no había señal de vida y el único sonido que se lograba escuchar era el del silencio, susurrándoles y quebrándose cada vez que uno de los dos se atrevía a hablar y desafiarlo en la inmensidad del desierto. - No soportan el frío del desierto nocturno, y sus sentidos se vuelven cada vez más negros al pasar el tiempo, así como su alma también se degrada cada vez más. - continuó.

Conforme con las respuestas, decidí concentrarme en el camino. Pasaron horas largas de caminata y mis pies cada vez se cansaban más del largo viaje, caminar sobre la arena era difícil y realmente sus piernas ya comenzaban a temblar. De pronto y tras horas de caminata, el sol comenzó a mostrar sus primeros rayos en el horizonte. Set pareció preocupado.

-Debemos encontrar una catacumba rápido. - dijo, dejando el bolso en la arena al tiempo que comenzaba a hurgar en él.
- ¿Qué pasa? - pregunté un poco nervioso, los rayos del sol comenzaban a calentar mis ropas.
-Rápido, ve y busca, excava, rápido, debe estar por aquí. - respondió hurgando desesperadamente entre sus cosas.

El sol radiante parecía salir más rápido de lo normal, los hermosos rayos dorados parecieron cegar a Lex, comenzó a tratar de buscar en la arena alguna entrada, así como anteriormente habían entrado a catacumbas subterráneas, quizás eso era lo quería Set ahora.

- ¡Más a tu izquierda! - gritó Set, Lex obedeció.

Por fin sintió metal y luego un aro de hierro, limpió la arena a su alrededor y cuando divisó la puerta completamente trató de jalarlo, sin resultados. Set le ayudó a jalar y juntos abrieron las misteriosas catacumbas. Lex entró y luego Set le siguió.

viernes, 26 de agosto de 2011

Abrió los ojos. Su maestro estaba vistiéndose y guardando las cosas en un pequeño bolso que el chico jamás había visto portar antes al joven.

- Ya es de noche?. - preguntó, pasando sus manos por sobre sus ojos.
- Está anocheciendo, debemos irnos. - dijo el joven.

El chico se levantó y cogió sus ropas, estaban frías y parecían más pesadas de lo común.

- Se dice que Adul'hab está preparando un ataque contra el bastión. - el chico trataba de empezar una conversación, Frater Euranios, su antiguo maestro le había dicho que cada vez que se conocía a alguien debían hablar y entablar una amistad, las relaciones movían el mundo. Sin embargo, el maestro ya llevaba alrededor de 4 días viajando con aquél chico y habían hablando ¿Cuánto? ... dos o tres veces nada más.
- Recuerda que estás aquí para aprender sobre la cultura de la gente, no importa lo que vayamos a hacer allá, mantén los ojos abiertos y registra todo. - dijo, sin prestarle mucha atención y concentrado en su equipaje.
- Ya ... vamos. - finalmente dijo.

Las calles estaban tan atestadas de gente como siempre. Cientos de personas pasaban con coloridos trajes, vendedores gritaban y algunos guardias se paseaban en caballos con dificultad por la multitud, las calles eran estrechas y polvorientas.

- Desde aquí las catacumbas en las que dormiremos pueden estar habitadas. - dijo el joven, mientras salían por una puerta gigante hacia la inmensidad del desierto.
- Habitadas? - el chico lo trataba de seguir a su ritmo, sin embargo el joven era más rápido. - ¿A que se refiere, Shi'zar? - Un Shi'zar era un maestro, una persona de la que había mucho que aprender, era la primera vez que el chico se dirigía a su Maestro de esa forma.
- Espíritus físicos del desierto, hombres sin alma. - se limitó a decir.
- ¿Que haremos en caso de que Shi'zar se encuentre con un espíritu? - Preguntó el pupilo, ansioso de ver que   el Maestro respondiera a sus preguntas sin su mirada que quema.
- Lo quemaremos por dentro, un Shi'zar no tiene alma por lo tanto su espíritu no está protegido por Adi'neeh, con las palabras correctas haremos que el espíritu sucumba a nuestros pies. - respondió.
- ¿Shi'zar sabe cómo quemarlos por dentro?, ¿Por qué no viajamos en el día si Shi'zar sabe quemarlos?. - preguntó el chico, pero luego se arrepintió, estaba preguntando mucho.
- No soy un Shi'zar, no tienes nada que aprender de mí. Mi nombre es Set-Zuh, puedes llamar de ese modo. - para su sorpresa el maestro estaba respondiendo bien, siempre concentrado en el camino. Las arenas del desierto en la noche eran frías y el atardecer había terminado desde que habían salido por las puertas de la ciudad-centinela.
- Un nombre del desierto. - concluyó el chico. - Mi nombre es Lex'Aión, hijo de Jal'Aión.
- Bienaventurado seas Lex-Aión, hijo de Jal-Aión, por que tu destino es conocer los cinco mundos del Anillo. - Dijo sonriendo, de repente Lex sintió una felicidad inmensa, por fin su Maestro le hablaba.
- Gracias, pero Shi'zar .. digo Set-zuh, aún no me responde la pregunta... - Lex se sentía más animado y el desierto nocturno parecía más iluminado de lo normal.
- Por que los espíritus en el día se arrastran por la arena, cómo si fueran serpientes. Son capaces de matar a un hombre sin que se dé cuenta, algunos dicen que son capaces de saltar tres metros para desgarrar a sus presas. - respondió preocupado.



Los que no se arrodillan.

Las Tierras Infértiles conformaban el extremo norte del continente de las Rosas, nombrado así por sus primeros habitantes ya que en el sur de ésta por las extensas llanuras cada año florecían alrededor de las ciudades miles de rosas anunciando la primavera. Cosa que no sucedía en las Tierras Infertiles del norte, por eso su nombre.

La gente era muy diferente también; mientras que la gente del Norte se ocupaba de actividades de sembrado y su actividad económica dependía especialmente de sus vegetales y sembrado, las personas del sur exportaban piedras preciosas, minerales y animales.

Cuando Jackenzard "El que todo quema", subió al poder y anunció a la ciudad de Cyalar como sede del nuevo Bastión Escarlata dominó los pueblos libres de la Rosa Norte, dejando a las Tierras Infértiles como principal ruta de comercio en el continente.

El Bastión se extendió al Desierto, luego a los Dominos de Gobb, finalmente al Occidente de las Llanuras Infinitas. Consagrando así el poderío Bastión y el domino sobre las demás potencias.

No contentos con la vasta cantidad de territorios dominados se alzaron contra Buscheilm, tierra de hombres del bosque, tomando posesión de la principal isla-puerto del mundo conocido: Isla Real.

A la muerte de Jackenzard, su sobrino Fileas asciende al poder, descuidando la Rosa para volver Isla Real en la capital momentánea del Bastión. Descontento con ésto, las ciudades de Aduán, Hiseas y Enuan de la Rosa Norte y Khar de Titán Occidente se unen y logran repeler al Bastión por las precarias condiciones en las que se encontraban, pasando a ser "Tierras Negras", autodenominándose "La gente que no se arrodilla ante nadie", ciudades independientes que se unieron militarmente para lograr la independencia.

Con la muerte de Fileas, el poder se divide en seis ancianos que formarían el Consejo Argenta, ubicado en Cyalar, volviéndose así la Capital del Bastión.

Con los crecientes rumores de rebelión del desierto de Adul'hab, el Bastión Escarlata cada vez se ve más amenazado por las demandas de independencia, ya que el desierto constituye la única ruta de contacto con las Llanuras infinitas.




martes, 23 de agosto de 2011

Yo soy la Redención

El hombre se acercó a mí, el dolor era insoportable, hilos de sangre escarlata recorrían lentamente mi rostro en dirección al suelo. Mi cabeza inclinada le daba la oportunidad de asesinarme. "Haz que pare" deseaba, gritaba en mi interior, más el dolor no paró.

Tomé la mano que el tipo apretaba contra mi cabeza y la apreté tanto que el dolor pareció desaparecer un momento, un momento celestial en dónde todo era más claro, un momento en dónde mi concencia presenció un eclipse, un éxtasis divino.

Apunté mi pistola 9 mm. con mi otra mano al rostro oscuro y tenebroso del hombre. Jalé el gatillo.


Rostros como el mío / Emilie Autumn.


Sí, es inusual,
Vivir tu vida de ésta manera,
Todo lo que puedo decir es;
Quizás por eso es que no ves,
Rostros como el mío todos los días,
¿Quién me perdonará?
Nadie sabe que he hecho mal.
No me crees?
Por que no duraré tanto.
No, Yo ...
Quiero estar tranquilo ahora,
Solo,
Devuelta a mis sombras,
Me esconderé detrás de los problemas de mi mente.
Dices que estarás a mi alrededor,
Finalmente has encontrado
la respuesta a mi historia.
Felicitaciones, amor,
Así que adelante y decíframe,
Resuelve el puzzle si es que necesitas la gloria.
Desearía ser de tu clase.
Odiaría ser la persona,
Que te diga lo poco que sabes.
No es lo que he hecho,
Si no más bien lo que llevo dentro.
Incluso aunque me rinda, 
No seré la victima de tu juego,
Sólo eres libre cuando no tienes nada que perder.
Piensa en tus más oscuras noches,
Piensa en tu alma solitaria
Si puedes soportar la vista
Piensa en el amor que nunca conocerás.



Castillo

De pronto, Mercurius se encontró en un gran salón blanco. Habían cuadros y pinturas de rostros por todas partes, sin embargo todas tenían el rostro en blanco, cómo si el pintor hubiera olvidado dibujarles uno.

Las barandas de la escalera terminaban en pequeños querubines con las alas abiertas que se inclinaban levemente invitando a las personas a subir por la ostentosa estructura. Ambos lados del a escalera habían dos estatuas de mujeres en posición fetal.

- Oh, has llegado! - exclamó una voz que venía de las escaleras, Mercurius observó como un hombre mayor bajaba las ostentosas escaleras lentamente, llevaba una túnica blanca, pelo largo blanco, y una barba blanca, para variar. Parecía fusionarse con el ambiente y lo único que llevaba de otro color, eran unas pequeñas gafas de color negro que aumentaban el tamaño de sus ojos considerablemente. Finalmente al llegar al primer piso, se acercó a Mercurius y le tendió la mano.
- Mi nombre es Nilrem - dijo el viejo, Mercurius siguió asombrado por el hermoso salón blanco. - Bueno, es hermoso no?, Es el Salón del Verso invertido, y hoy tú eres nuestro invitado especial.
- Yo?. - el chico se sorprendió. - Por qué yo?, ni siquiera sé como he venido a para aquí ... no recuerdo nada... 
- Hay alguien que quiere verte. - interrumpió el hombre, al parecer no había tomado atención a las interrogantes del chico. - Sígueme.

El hombre comenzó a caminar a una de las paredes del lugar y con gesto de su mano se abrió de par en par haciendo aparecer un pasadizo, hizo la señal de proseguir a Mercurius, éste obedeció, sus ojos se comenzaban a cansar por el brillo de color blanco.

Entraron a una sala larga y monótona, una mesa de madera larga abarcaba toda la sala y en ella habían al menos diez personas mayores, todas riendo alocada y desenfrenadamente, lanzando frases incomprensibles, Nilrem pareció decirle algo a Mercurius, sin embargo éste no pudo escuchar por el ruido.

Nilrem sacó un bastón de su túnica y golpeó el suelo con delicadeza, todos parecieron callarse de inmediato, mirando a Nilrem con sorpresa, cómo si ni siquiera se hubieran percatado de su presencia.

- Ve y sientate allí. - le dijo a Mercurius, éste lo miró fijamente pero luego optó por obedecer. 

Los pasos se hacían eternos y fuertes a medida que avanzaba a la silla al final de la mesa al otro lado de dónde se encontraba el viejo Nilrem. Los viejos parecían incómodos y ninguno movía un músculo, sin embargo Mercurius sabía sus ojos lo seguían paso por paso, finalmente llegó al lugar indicado y se sentó.

- Bien, espera un momento, ya vuelvo. - dijo Nilrem al tiempo en que salía de la habitación y la puerta desaparecía de la pared.

El silencio era incómodo y los ojos de los viejos parecían cada vez clavarse en Mercurius, éste decidió bajar la cabeza, había un pequeño plato con un bistec que parecía apetitoso frente a el. Tomó uno de los tenedores y cuchillos a sus lados y comenzó a comer el bistec, hacía mucho ruido y los viejos seguían mirándolo.

- RATAS! - gritó uno al tiempo que reía, sin embargo luego calló al darse cuenta que ninguno lo seguía y todos seguían mirando a Mercurius.






sábado, 20 de agosto de 2011

EL CAMINO

CAPITULO I : EL VIAJE

Las voces de la muchedumbre resonaban en mi cabeza, parecían invadirme y confundirme. Mi maestro caminaba unos pasos más adelante abriéndose paso entre la multitud sin una gota de sudor en su rostro, lo que me parecía casi inhumano ya que me encontraba al punto del colapso por el calor penetrante del sol de mediodía, los gritos de la gente y sus cuerpos aplastándome.

Estábamos en Bhadil'Hab una de las muchas ciudades centinelas de la gran Adul'hab, la joya del desierto, dónde los mercados eran mucho más grandes que éste y dónde se podían encontrar joyas de los cuatro rincones del mundo, allí, era dónde nos dirigíamos, bueno ... "No sin antes descansar" dijo el maestro, el desierto podía ser el más grande asesino para las personas que no se preparaban adecuadamente para su viaje.

Logramos salir de la muchedumbre para entrar en una posada hecha de la misma piedra amarilla de la que estaban hechas todas las casas, les daba la apariencia de confundirse con la arena.

- Shialab'du, Shanab Sudu. - Dijo mi maestro, dirigiéndose al posadero, estaban hablando en la lengua del desierto cosa que yo nunca había entendido, era muy complicado y en cada lugar del desierto las palabras cambiaban de significado, por lo que su uso y entendimiento normalmente sólo se reservaba a la gente que nacía y crecía en el desierto.
- Khatar Kulur. - dijo el hombre señalándome.
- Sou - respondió mi maestro.
Me hizo una señal con su mano indicándome que subiera unas escaleras que se encontraban a un lado del mostrador y el posadero, era un hombre tosco y duro, parecía más un guerrero que el recepcionista de una posada. Subimos por las escaleras y caminamos por un largo corredor, las paredes eran amarillas, como todo lo demás y entramos a una habitación al final de éste, era amarilla ... también. Dos camas, dos pequeñas mesitas de noche, era todo lo que necesitábamos.
- Puedes dejar tu ropa enfrente de tu cama yo dormiré en la de este lado. - dijo, apuntando a la cama que se encontraba a nuestra izquierda, en la pared que se encontraba la puerta.
- Está bien. - No acostumbraba a hablar mucho con el maestro, llevábamos alrededor de tres días viajando desde Cyalar, ciudad en la que mis maestros anteriores me lo asignarían, no lo conocía y al parecer tampoco el quería que yo lo conociera.

Era un Iniciado, mensajeros y comunicadores con el mundo. Usaba la magia y su voz para comunicarse y mandar a la realidad a que cumpliera sus designios, ayudando a la humanidad a prosperar como una sola junto con todo lo que le rodeaba. Cada año 5 chicos de cada ciudad del Bastión se enviaban a uno de los templos de cada ciudad para aprender a convertirse en un Iniciado, durante ese aprendizaje se debía viajar por todas las ciudades del Bastión, comunicando a sus habitantes los designios de la naturaleza.

Eran años duros, Adul'hab o el reino del desierto, se estaba desprendiendo cada vez más del Bastión, y con ello las ciudades centinelas del desierto clamaban por su independencia. Los Desiertos del Sur se estaban levantando en contra del gran Bastión Escarlata y nosotros eramos los enviados para aplacar la ira de los manifestantes y recordarles que todavía dependían del Bastión.

Me senté en la cama, mientras mi maestro se desprendía de sus túnicas. Era un hombre joven de 26 años, tenía el cabello rubio y ojos azules, su rostro era alargado y su nariz era perfecta, sus rasgos eran finos, sin embargo había algo en sus ojos que era duro y triste, lanzó sus túnicas cafés de lino hacia un lado.

- Maestro, que ha sabido de los espíritus del desierto?. - pregunté, me dirigió una mirada fría.
- Les temes?. - respondió, dudé si seguir con el tema.
- Frater Euranios dice que en el desierto abundan espíritus del desierto, pero tienen cuerpos físicos, devoran hombres en el día, es por eso que viajamos en la noche? - su mirada seguía clavada en mí, le devolví la mirada, esperando una respuesta.
- Puede ser, el sol del desierto quema todo, hasta el corazón de los hombres, es preferible viajar en la brisa nocturna. - respondió, quitó la mirada de mi y se concentró en sus ropajes, luego se dirigió hacia su cama y se acostó.
- Las criptas eran mucho mas silenciosas que esta ciudad. Buenas noches Maestro. - Dije finalmente las voces de la ciudad seguían gritando. Era de día, sin embargo estábamos cansados, habíamos llegado al amanecer

Habíamos partido desde las frías estepas de Cyalar en el día, cuando llegamos al desierto era de noche, viajamos hasta que amaneció, cuando mi maestro me hizo caminar por la fría arena hasta dar con una puerta en el suelo, al abrirla la arena cayó como una cascada por el agujero, entramos y nos encontramos con una cripta, llena de tumbas era pequeña pero aún así daba miedo, los cuerpos y sarcófagos estaban alrededor rodeándonos mientras mi maestro se acomodaba para dormir en el suelo, mientras los rayos del sol penetraban por la puerta de metal con unas pocas aberturas, para luego ser tapadas por la arena.




martes, 9 de agosto de 2011

Lawrence despertó en medio de la noche, sus pies estaban helados, la camisa que había usado los últimos dos días estaba sudada, odiaba estar así, necesitaba su ropa informal, el uniforme del instituto parecían apresarlo. Dio unas vueltas en la cama pero no lograba cerrar los ojos, éstos se mantenían abiertos mirase donde mirase.

De pronto escuchó unos gritos. Su cuerpo se estremeció, levantó la cabeza y luego miró a Seth, que dormía profundamente. - Deben ser los locos del mercado. - pensó, pero no.

Unas calles más allá, cerca de la entrada aparecieron diez sombras negras con espadas de fuego, destruyendo todo el mercado que a esas altas horas todavía seguía abierto a todo público, los alaridos de los vendedores y la gente tocando instrumentos para divertir a la muchedumbre dejaron de hacerlo para que el sonido de la desesperación se tomara la ciudad.

Aves doradas con hermosos yelmos plateados sobrevolaron la ciudad. Vladislav escuchó todo y corrió a despertar a Hermes, que estaba en uno de los sofás de aquélla habitación durmiendo.

La casa era propiedad de Hermes y la mantenía llena de cosas que había traído personalmente de La Fuente, era una habitación grande que contaba con una cocina, comedor y unos dos sofás en los que ambos dormían,  el segundo piso tenía dos habitaciones: una sala dónde guardaba la mercancía que traía de la fuente para comercializarla en Adul'hab, y otra dónde tenía todo tipo de indumentaria con la que modificaba los móviles y los transformaba en artefactos para recorrer los distintos mundos de la Irrealidad.

- Hermes algo sucede. - dijo Karpov, mientras este daba unas vueltas en el sillón hasta caer al piso, hizo una mueca de dolor y abrió los ojos, escuchó los gritos. - No puede ser, debemos despertar a los chicos.

En el segundo piso, Hermes se dirigió a la cama de Seth y se arrodilló tratando de despertarlo.

- Que sucede?. - preguntó Seth.
- No lo sé, se escuchan gritos. - respondió Lawrence al tiempo en que el chico y el hombre entraban por la puerta rápidamente.
- Chicos, necesito que se escondan aquí, no vean por la ventana y  no abran la puerta a nadie. - En aquél momento muchas aves doradas pasaron enfrente de la ventana recorriendo las calles de la atareada Adul'hab.
- La guardia dorada - susurró Hermes.
- Algo realmente grave debe estar pasando. - dedujo Karpov.

Hermes y Karpov salieron a la calle, Hermes llevaba un bate, podría serle útil.

Enfrente suyo encontraron a caballeros vistiendo brillantes armaduras doradas con el emblema de la guardia dorada de Adul'hab. Ésta era contratada por la familia real eran llamados los Metamagos, ya que se podían transformar en bellas aves doradas para sobrevolar la ciudad y mantener el orden. De las cinco guardias que existían en tiempos ancestrales éstas eran las únicas que todavía servían a Adul'hab y la familia real. La gente les temía pues su mayor voto era el no poder hablar con nadie que no fuera un hermano de sangre  o un hermano de guarida, para poder mantener en secreto el arte de la transformación, por lo que también habían sido instruidos en el arte de la telepatía y cada vez que debían comunicar algo a un civil, éstos les enviaban un mensaje claro y directo. Su emblema era un fenix sobre un sol y se distinguían por su brillante armadura y sus yelmos con hermosas plumas.

- Despejad el lugar. - avisó uno de ellos a Karpov sin decir ninguna palabra.
- Que está pasando?! - gritó Hermes, una mujer que pasaba por allí corriendo en dirección al centro de la ciudad pasó enfrente de éste al tiempo que el la cogía de un brazo. - Dígame que está pasando. - gritó Hermes. - Caballeros negros!, la gente dice que son increados, han entrado por todas partes, debemos ir al palacio. - musitó la mujer. Hermes la soltó, y siguió corriendo.
- Por dios, Hermes, debemos sacar a los chicos de allí y llevarlos al palacio, estarán seguro y comunicaremos al Sumo Regente que ellos conocen la ubicación de la Emperatriz en sus memorias. - dijo Karpov, Hermes no lo pensó dos veces, corrió dentro del la casa y sacó a los chicos de allí, estaban en un rincón de la habitación sentados confundidos.
- Vámonos de aquí. - dijo Hermes, los chicos obedecieron.

Lawrence estaba confundido, al salir vio fuego en algunas de los edificios a la redonda, el sol eclipsado seguía allí mismo, dónde había estado todo el día, tarde y noche. Llegaron a una puerta gigante adornada con grandes aves doradas, era un fénix.

- Entren aquí chicos, Karpov llévalos y habla con el Sumo Regente, quizás sean la única opción. - dijo Hermes.
- Dónde irás?. - pregunto Karpov, nervioso, era la primera vez que Hermes lo veía nervioso y aunque lo habían conocido hace poco, también a los chicos les parecía raro.
- Debo ir a buscar mi móvil, se ha quedado allí, sin el no podemos movernos.- respondió el, mientras uno de los Metamagos le enviaba mensajes telepáticos: Iban a cerrar las grandes puertas pronto. Hermes se despidió, Lawrence vio sus ojos como si el tiempo fuera más lento, de momento se sintió familiar, como si el también hubiera pasado por lo que el estaba pasando.

Karpov tomó a ambos chicos del brazo y comenzó a correr en dirección al Palacio Real.



lunes, 1 de agosto de 2011

Normalmente pienso en cosas fantásticas, sin importancia que sé que no dañarán a nadie, sin embargo hoy me he propuesto romper lo más importante que tengo en esta tierra.

Ese día estaba subiendo las escaleras a nuestro departamento, las escaleras de metal y pintadas de rojo le daban un toque alegre a las murallas blancas, y cada puerta era diferente de otra, cada una parecía ser la entrada a la mente de cada uno de sus habitantes.

- Está pesado eso querido?. - dijo una voz detrás de mí.

Con el peso de la cajas giré la cabeza, era la Sra. Morrison, una señora de unos 50 años a la que siempre veía con una copa en la mano, sin embargo nunca la había visto embriagada de verdad, quizás tomaba por que era inmune a ese estado.

- Buenos tardes Sra. Morrison. - respondí, con las cajas en mis manos.
- Están redecorando? - dijo ella con la usual copa, e intentando prender un cigarrillo.
- Algo así, ambos tenemos mucho trabajo, por lo que nos costará un tiempo poner todo en su sitio, pero sí. - Traté de terminar la conversación lo más rápido posible, realmente odiaba aquél olor a alquitrán y la señora parecía estar con bata como recién levantada, eran las 3 de la tarde y posiblemente estaba buscando alguien con quién charlar, las cajas pesaban cada vez más.
- Creo que tengo algo que te gustará, espera aquí querido, deja las cajas en el suelo. - dijo ella entrando a su departamento.

Dejé las cajas a un lado de las escaleras, trate de masajearme lo dedos, los tenía rojos.

- Aquí está amor. - La mujer salió sin la copa y el cigarrillo, traía un bulto negro en sus brazos que parecía moverse tratando de buscar algo que quizás ya estaba perdido, era un gato. - Su madre murió ayer, mientras la señora de la tienda me atendía, ella salió a la calle y fue atropellada, la señora dijo que de todos los gatitos éste sobrevivió, al parecer no quería tener y bueno, me lo traje a mi departamento, hasta que recordé que ... no soy lo suficientemente responsable. - dijo ella, mientras extendía los brazos.
- Señora yo ... - en mi mente llamé las palabra de Dan: "Soy alérgico a los animales, no puedo y no quiero tener animales en el departamento." - Señora, lo siento pero Dan es alérgico a los animales, lo más probable es que no podamos tener a este gato.
- Que pena, bueno el ya los había elegido a ustedes. - dijo la mujer. - Encontrarás el camino. - dijo mientras miraba al pequeño bulto que parecía maullar agudamente. - Bueno cariño, debo ir a alimentar a esta criatura, suerte con la re-decoración.

Tomé las cajas, pero pensé en lo que le había dicho la mujer al pequeño felino. "Encontrarás el camino" ... dios esa mujer realmente estaba chiflada, pero era un personaje bueno, uno de esos personajes que no se encuentran fácilmente.

- Amo estas cosas, nunca se pueden tener suficiente de ellas. - dijo Dan, mientras olía los inciensos.

Había estado callado mientras abría las cajas y sacaba las nuevas cosas, mientras Dan las tomaba y examinaba una por una, por su instinto meticuloso.

- Dan ... que piensas de los gatos?. - dije con voz suave.