martes, 23 de agosto de 2011

Castillo

De pronto, Mercurius se encontró en un gran salón blanco. Habían cuadros y pinturas de rostros por todas partes, sin embargo todas tenían el rostro en blanco, cómo si el pintor hubiera olvidado dibujarles uno.

Las barandas de la escalera terminaban en pequeños querubines con las alas abiertas que se inclinaban levemente invitando a las personas a subir por la ostentosa estructura. Ambos lados del a escalera habían dos estatuas de mujeres en posición fetal.

- Oh, has llegado! - exclamó una voz que venía de las escaleras, Mercurius observó como un hombre mayor bajaba las ostentosas escaleras lentamente, llevaba una túnica blanca, pelo largo blanco, y una barba blanca, para variar. Parecía fusionarse con el ambiente y lo único que llevaba de otro color, eran unas pequeñas gafas de color negro que aumentaban el tamaño de sus ojos considerablemente. Finalmente al llegar al primer piso, se acercó a Mercurius y le tendió la mano.
- Mi nombre es Nilrem - dijo el viejo, Mercurius siguió asombrado por el hermoso salón blanco. - Bueno, es hermoso no?, Es el Salón del Verso invertido, y hoy tú eres nuestro invitado especial.
- Yo?. - el chico se sorprendió. - Por qué yo?, ni siquiera sé como he venido a para aquí ... no recuerdo nada... 
- Hay alguien que quiere verte. - interrumpió el hombre, al parecer no había tomado atención a las interrogantes del chico. - Sígueme.

El hombre comenzó a caminar a una de las paredes del lugar y con gesto de su mano se abrió de par en par haciendo aparecer un pasadizo, hizo la señal de proseguir a Mercurius, éste obedeció, sus ojos se comenzaban a cansar por el brillo de color blanco.

Entraron a una sala larga y monótona, una mesa de madera larga abarcaba toda la sala y en ella habían al menos diez personas mayores, todas riendo alocada y desenfrenadamente, lanzando frases incomprensibles, Nilrem pareció decirle algo a Mercurius, sin embargo éste no pudo escuchar por el ruido.

Nilrem sacó un bastón de su túnica y golpeó el suelo con delicadeza, todos parecieron callarse de inmediato, mirando a Nilrem con sorpresa, cómo si ni siquiera se hubieran percatado de su presencia.

- Ve y sientate allí. - le dijo a Mercurius, éste lo miró fijamente pero luego optó por obedecer. 

Los pasos se hacían eternos y fuertes a medida que avanzaba a la silla al final de la mesa al otro lado de dónde se encontraba el viejo Nilrem. Los viejos parecían incómodos y ninguno movía un músculo, sin embargo Mercurius sabía sus ojos lo seguían paso por paso, finalmente llegó al lugar indicado y se sentó.

- Bien, espera un momento, ya vuelvo. - dijo Nilrem al tiempo en que salía de la habitación y la puerta desaparecía de la pared.

El silencio era incómodo y los ojos de los viejos parecían cada vez clavarse en Mercurius, éste decidió bajar la cabeza, había un pequeño plato con un bistec que parecía apetitoso frente a el. Tomó uno de los tenedores y cuchillos a sus lados y comenzó a comer el bistec, hacía mucho ruido y los viejos seguían mirándolo.

- RATAS! - gritó uno al tiempo que reía, sin embargo luego calló al darse cuenta que ninguno lo seguía y todos seguían mirando a Mercurius.






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