CAPITULO I : EL VIAJE
Las voces de la muchedumbre resonaban en mi cabeza, parecían invadirme y confundirme. Mi maestro caminaba unos pasos más adelante abriéndose paso entre la multitud sin una gota de sudor en su rostro, lo que me parecía casi inhumano ya que me encontraba al punto del colapso por el calor penetrante del sol de mediodía, los gritos de la gente y sus cuerpos aplastándome.
Estábamos en Bhadil'Hab una de las muchas ciudades centinelas de la gran Adul'hab, la joya del desierto, dónde los mercados eran mucho más grandes que éste y dónde se podían encontrar joyas de los cuatro rincones del mundo, allí, era dónde nos dirigíamos, bueno ... "No sin antes descansar" dijo el maestro, el desierto podía ser el más grande asesino para las personas que no se preparaban adecuadamente para su viaje.
Logramos salir de la muchedumbre para entrar en una posada hecha de la misma piedra amarilla de la que estaban hechas todas las casas, les daba la apariencia de confundirse con la arena.
- Shialab'du, Shanab Sudu. - Dijo mi maestro, dirigiéndose al posadero, estaban hablando en la lengua del desierto cosa que yo nunca había entendido, era muy complicado y en cada lugar del desierto las palabras cambiaban de significado, por lo que su uso y entendimiento normalmente sólo se reservaba a la gente que nacía y crecía en el desierto.
- Khatar Kulur. - dijo el hombre señalándome.
- Sou - respondió mi maestro.
Me hizo una señal con su mano indicándome que subiera unas escaleras que se encontraban a un lado del mostrador y el posadero, era un hombre tosco y duro, parecía más un guerrero que el recepcionista de una posada. Subimos por las escaleras y caminamos por un largo corredor, las paredes eran amarillas, como todo lo demás y entramos a una habitación al final de éste, era amarilla ... también. Dos camas, dos pequeñas mesitas de noche, era todo lo que necesitábamos.
- Puedes dejar tu ropa enfrente de tu cama yo dormiré en la de este lado. - dijo, apuntando a la cama que se encontraba a nuestra izquierda, en la pared que se encontraba la puerta.
- Está bien. - No acostumbraba a hablar mucho con el maestro, llevábamos alrededor de tres días viajando desde Cyalar, ciudad en la que mis maestros anteriores me lo asignarían, no lo conocía y al parecer tampoco el quería que yo lo conociera.
Era un Iniciado, mensajeros y comunicadores con el mundo. Usaba la magia y su voz para comunicarse y mandar a la realidad a que cumpliera sus designios, ayudando a la humanidad a prosperar como una sola junto con todo lo que le rodeaba. Cada año 5 chicos de cada ciudad del Bastión se enviaban a uno de los templos de cada ciudad para aprender a convertirse en un Iniciado, durante ese aprendizaje se debía viajar por todas las ciudades del Bastión, comunicando a sus habitantes los designios de la naturaleza.
Eran años duros, Adul'hab o el reino del desierto, se estaba desprendiendo cada vez más del Bastión, y con ello las ciudades centinelas del desierto clamaban por su independencia. Los Desiertos del Sur se estaban levantando en contra del gran Bastión Escarlata y nosotros eramos los enviados para aplacar la ira de los manifestantes y recordarles que todavía dependían del Bastión.
Me senté en la cama, mientras mi maestro se desprendía de sus túnicas. Era un hombre joven de 26 años, tenía el cabello rubio y ojos azules, su rostro era alargado y su nariz era perfecta, sus rasgos eran finos, sin embargo había algo en sus ojos que era duro y triste, lanzó sus túnicas cafés de lino hacia un lado.
- Maestro, que ha sabido de los espíritus del desierto?. - pregunté, me dirigió una mirada fría.
- Les temes?. - respondió, dudé si seguir con el tema.
- Frater Euranios dice que en el desierto abundan espíritus del desierto, pero tienen cuerpos físicos, devoran hombres en el día, es por eso que viajamos en la noche? - su mirada seguía clavada en mí, le devolví la mirada, esperando una respuesta.
- Puede ser, el sol del desierto quema todo, hasta el corazón de los hombres, es preferible viajar en la brisa nocturna. - respondió, quitó la mirada de mi y se concentró en sus ropajes, luego se dirigió hacia su cama y se acostó.
- Las criptas eran mucho mas silenciosas que esta ciudad. Buenas noches Maestro. - Dije finalmente las voces de la ciudad seguían gritando. Era de día, sin embargo estábamos cansados, habíamos llegado al amanecer
Habíamos partido desde las frías estepas de Cyalar en el día, cuando llegamos al desierto era de noche, viajamos hasta que amaneció, cuando mi maestro me hizo caminar por la fría arena hasta dar con una puerta en el suelo, al abrirla la arena cayó como una cascada por el agujero, entramos y nos encontramos con una cripta, llena de tumbas era pequeña pero aún así daba miedo, los cuerpos y sarcófagos estaban alrededor rodeándonos mientras mi maestro se acomodaba para dormir en el suelo, mientras los rayos del sol penetraban por la puerta de metal con unas pocas aberturas, para luego ser tapadas por la arena.
- Puedes dejar tu ropa enfrente de tu cama yo dormiré en la de este lado. - dijo, apuntando a la cama que se encontraba a nuestra izquierda, en la pared que se encontraba la puerta.
- Está bien. - No acostumbraba a hablar mucho con el maestro, llevábamos alrededor de tres días viajando desde Cyalar, ciudad en la que mis maestros anteriores me lo asignarían, no lo conocía y al parecer tampoco el quería que yo lo conociera.
Era un Iniciado, mensajeros y comunicadores con el mundo. Usaba la magia y su voz para comunicarse y mandar a la realidad a que cumpliera sus designios, ayudando a la humanidad a prosperar como una sola junto con todo lo que le rodeaba. Cada año 5 chicos de cada ciudad del Bastión se enviaban a uno de los templos de cada ciudad para aprender a convertirse en un Iniciado, durante ese aprendizaje se debía viajar por todas las ciudades del Bastión, comunicando a sus habitantes los designios de la naturaleza.
Eran años duros, Adul'hab o el reino del desierto, se estaba desprendiendo cada vez más del Bastión, y con ello las ciudades centinelas del desierto clamaban por su independencia. Los Desiertos del Sur se estaban levantando en contra del gran Bastión Escarlata y nosotros eramos los enviados para aplacar la ira de los manifestantes y recordarles que todavía dependían del Bastión.
Me senté en la cama, mientras mi maestro se desprendía de sus túnicas. Era un hombre joven de 26 años, tenía el cabello rubio y ojos azules, su rostro era alargado y su nariz era perfecta, sus rasgos eran finos, sin embargo había algo en sus ojos que era duro y triste, lanzó sus túnicas cafés de lino hacia un lado.
- Maestro, que ha sabido de los espíritus del desierto?. - pregunté, me dirigió una mirada fría.
- Les temes?. - respondió, dudé si seguir con el tema.
- Frater Euranios dice que en el desierto abundan espíritus del desierto, pero tienen cuerpos físicos, devoran hombres en el día, es por eso que viajamos en la noche? - su mirada seguía clavada en mí, le devolví la mirada, esperando una respuesta.
- Puede ser, el sol del desierto quema todo, hasta el corazón de los hombres, es preferible viajar en la brisa nocturna. - respondió, quitó la mirada de mi y se concentró en sus ropajes, luego se dirigió hacia su cama y se acostó.
- Las criptas eran mucho mas silenciosas que esta ciudad. Buenas noches Maestro. - Dije finalmente las voces de la ciudad seguían gritando. Era de día, sin embargo estábamos cansados, habíamos llegado al amanecer
Habíamos partido desde las frías estepas de Cyalar en el día, cuando llegamos al desierto era de noche, viajamos hasta que amaneció, cuando mi maestro me hizo caminar por la fría arena hasta dar con una puerta en el suelo, al abrirla la arena cayó como una cascada por el agujero, entramos y nos encontramos con una cripta, llena de tumbas era pequeña pero aún así daba miedo, los cuerpos y sarcófagos estaban alrededor rodeándonos mientras mi maestro se acomodaba para dormir en el suelo, mientras los rayos del sol penetraban por la puerta de metal con unas pocas aberturas, para luego ser tapadas por la arena.
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