miércoles, 28 de diciembre de 2011

TRASCENDER

Trascender no es fácil para un chico de diecisiete años cómo yo. Trascender no es fácil cuando tienes un padre que te consiente en todo cuando detrás de ello existe un sentimiento vacío. Trascender no es fácil cuando rechazas todo lo carnal y el afecto de todo lo que signifique amor. ¡Hipócrita!

Quiero ser sincero conmigo mismo, pero la verdad: ¿Quién puede ser sincero cuándo escondiste todas las verdades bajo el velo de tus más profundas sombras?.

Desearía volverte a ver, una vez más. No eres real, siempre lo supe, mi amor se basaba en una fantasía que desde un comienzo nunca existió, sin embargo me aferro a esa fantasía cada día más, tratando de mantenerte en mis manos lo más que pueda aunque sé que te deslizas por sobre mis dedos cómo arena.

Observo estupefacto cómo la juventud abraza el mortal destino que alguna vez se le auspició, más no tengo palabras para detenerlos, simplemente ... silencio.

martes, 13 de diciembre de 2011

Un reino de otro Mundo 4

"No puedo dejar que lo logre, ¡no lo haré!"

Mercurius golpeó con todas sus fuerzas al gran Golem de roca que se plantaba frente a él. "¡Lo logre!", una sonrisa se dibujó en su rostro mientras su patada golpeaba el gran torso sólido. Pero no se movió, ni un "puto" centímetro cómo vio Seth a lo lejos.
Se escuchó un gran bufido, unos cuernos gigantes salpicados en sangre salieron de la desnuda cabeza del golem, dándole una apariencia de un Minotauro de piedra gigante. ¡Mierda! No se anticipó a su ataque y aún en el aire recuperándose de la patada, Mercurius fue embestido por un gran martillo de piedra cayendo a diez metros del gran Golem.

- ¡Tenemos que hacer algo! - Exclamó Seth. - No te preocupes, estamos preparados, Mercurius sólo es la distracción. - Respondió Alisa con traquilidad. - ¡Zeus, a darle!- El gran chico rubio respondió con una segura afirmación.

Las balas de Alisa comenzaron a golpear la piedra del golem, sin hacerle daño. Este perdió la atención en el cuerpo aún inerte de Mercurius y comenzó a cercarse lentamente a Seth, Zeus y Alisa.

- Hijo de perra, ¡Allí viene! - exclamó Zeus, recargando su escopeta.

-¿Mercurius estás bien? - dijo el comunicador integrado al traje de Mercurius, era Alex, desde la central. - El golpe fue duro, sí, al parecer los cálculos están mal, es más grave y fuerte de lo que creíamos, ¡debes abandonar la misión!. - Mercurius comenzó a levantarse lentamente tratando de recuperar el aliento. - No importa. - respondió.- Usaremos el "gas". 

El "gas" era un compuesto químico electrónico que al ser usado sonaba cómo un gas, pero no lo era. 

- Estás loco, sólo tenemos una dosis para los cuatro y posiblemente la necesiten en el futuro. - respondió Alex.

A lo lejos las balas de Alisa y Zeus golpeaban al Gigante, sin éxito en su intento de detener su paso.

- No te preocupes, lo usaré con precaución .. - dijo Mercurius, mientras un brazo desconocido le ayudaba a levantarse, era Seth. - Todo estará bien, vamos, debemos huir de aquí. - dijo Seth, mientras Mercurius le dedicaba una mirada de desprecio. - Aléjate - Mercurius se limitó a expresar sus deseos en una palabra.

De pronto y en el momento en que Alisa y Zeus corrían en dirección contraria al gigante, temiendo que éste les golpeara con su gigante mazo. Mercurius a pesar de todo comenzó a correr en dirección al gigante, con todas sus fuerzas, mientras la tierra se levantaba con cada pisada que daba en aquél árido desierto.

"Debo usar el gas" - pensó. "Úsalo sólo en momentos de extrema urgencia" - Evocó las palabras de Alex en los meses anteriores.

El sol le golpeaba en el rostro y sus zapatos pronto de llenarían de tierra amarilla.

"Recuerda que al usarlo requieres de toda tu concentración. - Mercurius cerró los ojos. El comunicador pareció enviar un mensaje de Alex que ignoró. "Una vez que tengas al objetivo .. " - Mercurius observó al gran Minotauro tratando de golpear Alisa con el gran mazo. "... Prepárate para el libre albedrío... " - Las palabras de Alex le infundían un miedo pero al mismo tiempo una emoción gigante. - "El poder definitivo" - pensó.... "Ahora".

Cuando tuvo al gigante frente de sí, presionó un pequeño botón en la manga de su chaleco y sintió el sonido. .. sintió el sonido de un gas cómo recién saliendo de un bidón. El siseo en una fracción de segundo le hizo perder el sentido, pronto vio todo lento. Incluso el rostro frío del gigante pétreo. 

"Te tengo".

Puso sus manos sobre la piedra y con sus ojos cerrados evocó las partículas moviéndose cada vez más rápido ... la piedra se volvió roja, tan roja que incluso pareció derretirse, pero ésta no se derritió .. explotó.

- ¡¡HAAA!! - Al igual que antes, Mercurius voló ésta vez veinte metros por la explosión

...

- Mercurius? ... ¿Estás bien? .. - Abrió los ojos lentamente, había perdido el comunicador en la explosión y tenía sus manos negras, pero no estaban quemadas, cómo si el fuego no le hubiera afectado su cuerpo. - ¿Lo logré? - dijo Mercurius al tiempo que Seth le ayudaba a levantarse. - Sí .. al parecer.

Los restos del golem desprendían una humadera negra.


Sombra Irreal

"Hace un momento, sí, posiblemente hace un momento ... "

"Esta ciudad está desértica, no puede ser" - pensé.
Frente a mí se encontraba el Paseo Pratt envuelto en un manto blanco de nieve y escarcha. Estatuas pétreas con forma de humanos por todas formas, parecían caminar pero sin moverse, cómo si sus movimientos estuvieran condenados al eterno letargo cinético.

De pronto ya no había edificios, sólo un gran campo blanco; las escarchas seguían cayendo y aquél viento blanco comenzaba a nublar mi vista.

Él apareció. Estaba vestido de negro con su típico piercing en el rostro.

- Has venido. - me dijo, nunca lo había visto tan serio. - Supongo, no escuché tu llamado hasta un momento atrás. - Era verdad. - Entiendo, ven a mí. - respondió, su rostro inspiraba frialdad, sin embargo me dejé llevar por la tierna calidez que su cuerpo emanaba en el frío ambiente onírico. Dí unos pasos, y le abracé.
-¿Por qué?. - murmuró a mi oído. - No lo sé, no lo sé ... - dije tratando de concentrarme en su abrigo. - No te dañaré.- Insistió. - Lo sé ... - Y lo sabía, no había que temer... sin embargo...

La calidez comenzó a cristalizarse, una escarcha mortal pronto recorrió su cuerpo hasta que aquél chico que abracé alguna vez pasó a ser otra ilusión pétrea en aquél paisaje helado.

Me tiré al piso frente a su cuerpo congelado.
"Lo sé... lo sé ... " me dije a mí mismo.


Problema

Hoy estaba viendo a todos los jóvenes que darían la PSU conmigo, en el establecimiento y no me sentí cómodo.

De pronto me di cuenta que no pertenecía allí. Fue una sensación rara, pero después de un momento no me sentí identificado con ninguna persona que conociera, cómo si todos los sentimientos y relaciones humanas que he formado a lo largo de mi vida de pronto perdieran valor.

Hoy he comprendido. que probablemente la máscara que nos separa de la sociedad podría romperse en algún momento y podríamos quedar a la deriva, en un mar vacío de sentimientos que no conocen la culpabilidad ya que están vacíos.

-En algún momento tendrás que aceptarme. - dijo. -Posiblemente, pero no ahora. - respondí, estaba cansado de sus acosos, constantemente aparecía en mis sueños.

¿De dónde vienes?
¿Qué haces aquí?




lunes, 28 de noviembre de 2011

Las cuatro casas de La joya del Desierto.

"¿Otro Mundo?"


Cuenta la leyenda que el quinto rey, el más hermoso de todos, había descubierto la joya secreta de los sabios: "El Otro mundo". Cuando investigó lo suficiente cómo para sacar una conclusión definitiva al asunto decidió reunir a sus cuatro hombres más leales: Helein, el Sabio Dorado, Dumien, el Nativo de las Flores, Xelenas, Duque de Punta Volcán, el último Señor del Límite entre la noche, vestido de negro su nombre fue borrado de los registros.


Sólo cuatro cosas se necesitaban para alcanzar el Otro Mundo: La Puerta, La Llave, El Poder y la Inmortalidad. Encárgase entonces el Quinto Rey a Helein buscar el Poder, a Dumien la Puerta, a Xelenas la Llave y al señor de los Límites la Inmortalidad.


Finalmente los cuatro hombres partieron uno en cada punto cardinal, en busca del Otro Mundo. Xelenas al sur, Dumien al Norte, Helein al Oeste y el señor oscuro al Este.


Y pasaron 400 días, y los cuatro hombres llegaron desde sus respectivas búsquedas con miles de hombres cada uno, victoriosos entraron por las calles de Adul'hab.


Primero fue Xelenas, que soberbio entró por los pasillos del palacio, y díjole al Rey: "He aquí la Llave, fuente de todo el génesis de aquél otro mundo a su disposición mi Rey, mi sol.". La llave, en forma de cruz estaba hecha de un material brillante y oscuro que reflejaba nada más que la verdadera naturaleza de su portador.


Segundo, al entrar fue Helein que no entró solo, si no acompañado de dos hombres cubiertos al igual que el de una capa dorada que le cubría el rostro. Cuando finalmente llegó al salón del rey dijo: "He caminado por muchas tierras, más ninguna era más hermosa que la vuestra, mi rey. Si bien mi camino, el Oeste, fue el más penoso de todos los caminos, me ha fortalecido y he encontrado el Poder, que os abrirá El Otro y muchos mundos más". Entonces vió el Rey la fuente de todo su poder en sus ojos y miró fijamente la Voluntad de sus anhelos en ellos. Entonces pronunció Helein "Soy la voluntad, soy el deseo cristalizado al otro mundo".


Tercero, entró Dumien, entonces cómo era el más cercano al rey, en vez de arrodillarse se paró enfrente de él y le abrazó. Las palabras nunca serán olvidadas: "Mi rey, mi amigo, nuestro camino, el mío y el de mis hombres nos ha llevado lejos de aquí, dónde las memorias tienen raíces y se alzan sobre nuestras cabezas cómo hermosos árboles centenarios. La amistad, he descubierto, es la verdadera puerta. Estoy a vuestro servicio". El rey sintió éstas palabras en su corazón y su corazón supo que él era la puerta al otro mundo.


El último aquél que no tiene nombre ingresó para la sorpresa de todos sin nada. Un brillo extraño se notaba en sus ojos. - ¿Qué quiere el rey de mí, de este hombre que ha alcanzado la inmortalidad?. Dijo el Señor. - Quiero ir al otro mundo, dónde nada realmente existe y todo es relativo, ahora, dame lo que te pedido, dame la inmortalidad. - reclamó el rey. - ¿Qué puede saber el rey de la inmortalidad?, ¿Acaso el rey ha salido de éstas cuatro paredes?. -preguntó el Señor. - ¿Qué le ha pasado al fiel señor que me sirvió alguna vez? - interrumpió el Rey. - He descubierto la inmortalidad mi señor y con ella el peso de lo que verdaderamente es ser inmortal.



domingo, 6 de noviembre de 2011

The Self

He entendido muchas cosas en el camino del Hermitaño, una de ellas es amar la soledad tanto como la compañía. El paradigma que hace girar al mundo, el susurro de las ideas que parecen brillar fuerte en las calles de nuestra ciudad, todo eso, he comprendido gracias al Hermitaño.

He aquí una de las tantas máscaras que he creado, el arcano nueve, "El Que Busca", encerrado en un mundo monocromático de pantallas LCD.


miércoles, 12 de octubre de 2011

Tired Of.

Estoy cansado de escribir, de leer, de dormir, de comer, de vivir, de respirar, de estudiar, de ser una de las personas que acepta lo que el sistema y los demás piden de mí.

No soy lo que soy, no soy lo que quiero ser, no me gusta ser lo que soy.

Por que todos bailamos alrededor del sistema enceguecidos por el resplandor que nunca existió.

-¿Bailemos? - me preguntó ella, exaltada. - Luego, debo descansar. - respondí, la verdad era que tenía vergüenza.

No podemos afrontar lo que somos sin crear miles de máscaras para tapar nuestras sombras.

- Dí que sí, sólo por hoy. - insistió. - Quiero descansar, ha sido un día agotador. - No iba a dejar que esta vez se saliera con la suya.

¿Por qué me sigo preguntando cosas que no existen?, explorando irrealidad que jamás tuvieron un lugar en la Pandora que todos habitamos.

- He oído lo que ha pasado con Isabella, es una lástima. - dijo mientras encendía un cigarrillo, había desistido finalmente. -Todos iremos dónde ella, tarde o temprano, esto no tiene esperanza, sólo tapamos el sol con un dedo. - Me empezaba a disgustar enormemente, sólo quería estar solo.

Era cierto, todos bailábamos alrededor del fuego que nos consumía, ese que cada vez que una persona se adentraba en sus llamas, parecía inmolarte con energía, con vida.

- Sabes ... he estado pensando en ... - No hacía falta que lo dijiera. Ya lo sabía todo.

sábado, 8 de octubre de 2011

El némesis

Ahí estaba, sentado en una habitación rectangular oscura y tétrica. Un hombre de camisa azul y cortaba roja, pelo negro con algunas canas y rostro delgado, no parecía un policía, más bien parecía un hombre preocupado por un hijo.

-Dinos, ¿por qué llevabas un arma?. - Preguntó el hombre, mientras presionaba cada vez más mi mano sobre el yeso de mi brazo izquierdo. - Dime, que tienes que ver con Isabella Montero. - Sus preguntas parecían golpearme la psique, su nombre invocaba la serpiente escondida en mi subconsciente, una vez más.
- No la conocía, me preguntó si ese era el edificio Obelisk, le respondí que sí eso es todo. - Logré terminar la oración tembloroso. - Eso es estúpido, esa chica conocía la ciudad tan bien como yo, Isabella vivía aquí, había recorrido estas calles tanto como tu o yo. - Golpeó la mesa con fuerza y me dio la espalda, parecía conocer a Isabella, se le notaba en el rostro. - Por última vez, ¿Por qué llevabas un arma? En el lugar y el momento en que Isabella se "suicidó". - Basta Jack. - Una puerta que ni siquiera me había dado cuenta que existía se abría de par en par.

Era el chico de cabellos negros y mirada penetrante. -El no tiene nada que ver, yo lo he hecho, yo he tenido que acabar con Isabella. - El hombre se dio vuelta e inmediatamente cambió su expresión a odio, sin embargo cerró los ojos y estuvo callado un momento... - Maldición Mercurius, maldición. - el hombre parecía frustrado.
- Se resistió. - el chico miraba al detective esperando una reacción, yo seguía allí esperando sentado entre una discusión que me parecía cercanamente ajena, estaba involucrado, más no sabía nada al respecto.

- Sígueme. - me dijo Mercurius, el detective se sorprendió - ¿Dónde lo llevas?, ¡está siendo procesado como sospechoso de la muerte de Isabella! - exclamó. - Pues haz el papeleo como siempre lo has hecho y ¡quítale los cargos!. El chico me tomó del brazo enyesado y me condujo fuera de la sala, estabamos en una comisaría, no recordaba como había llegado allí, me había dado cuenta que mis memorias comenzaron a registrar todo desde que estaba en aquélla sala siendo interrogado por el detective.

- ¿Qué sentiste cuando fuiste "llamado" por Isabella? - preguntó el chico. Ya habíamos salido de la departamento de policía y estábamos en plena calle. - ¿"llamado"? - Recordaba todo lo ocurrido a la perfección, sin embargo ahora que lo veía desde un criterio completamente neutro, me daba cuenta que mi actuar de seguir a una persona que recién había conocido y de la que sólo sabía su nombre había sido completamente ilógico, ¿Me había dejado llevar?. - Isabella te ha llamado y has acudido, lo que realmente me sorprende es que no hayas caído en la locura, o simplemente hubieras muerto.
- El Bastión exige las ganancias - dijo el General, con actitud arrogante.
- Dile al bastión que mi rey exige las suyas. - respondió el guardia.

El calor, la humedad y el largo camino desde Cyalar hasta las ciudades andantes tenían bastante cabreado al General y su armadura pesada no ayudaba mucho en calmar su enojo.

- ¡Pues quiero hablar con tu rey, vasallo! - gritó el General, enfurecido por la respuesta del guardia.

Las ciudades andantes eran campamentos a gran escala que se erguían por las costas del Mar de Reyes, campamentos que eran levantado por un pueblo milenario, que seguía el rastro de las flores para luego comercializar sus pigmentos o sus semillas en las grandes ciudades del Bastión.

El palacio del rey no era más que una gran tienda con finas telas y pieles por todas partes, dónde el dulce aroma de las flores abunda y todo el día los trovadores y bailarinas demuestran el amor que los pueblos libres sienten por el arte.

El general fue conducido por muchas secciones de la misma tienda, al ambiente festivo de la misma escondía completamente las precarias condiciones en las que se encontraban los nómadas.

Finalmente en la gran sala del rey, adornada con rosas por todas partes, se encontraba el Rey-Sacerdote, no tenía nombre, no le era permitido tenerlo, sin embargo era el hombre más respetado de toda la ciudad. A diferencia de las otras habitaciones ésta no tenía alfombras, sólo pasto y hierba.

El hombre estaba sentado al final de la sala en la tierra junto a algunas hierbas, vistiendo una larguísima túnica de diferentes pieles, cabello negro y largo, y un rostro duro pero al mismo tiempo sereno.

- ¿Qué desea el hombre guerras? - dijo el Rey, con los ojos cerrados sin inmutarse.
- El Bastión exige las ganancias que ustedes nos prometieron. - dijo el General con la misma arrogancia que parecía seguirle, el Rey permaneció en silencio un momento.
- El bastión no necesita más dinero del que ya tiene, ya tienen bastante. - El general se impacientó.
- El bastión intercambia mercancías con tu gente, no habéis pagado vuestros impuestos por al menos 3 lunas  negras, no queréis que tu gente sufra, ¡entonces páganos...! - exclamó el general, el rey abrió los ojos y se levantó.
- Por años no han quitado silenciosamente lo nuestro, gente del norte, aparentan una buena relación frente a los demás. He oído lo que les pasa en sus tierras, la gente se rebela, los Reyes Australes se vuelven a levantar. Dónde está tu Jackenzard ahora?. - Dijo el rey, golpeando al General petulante con sus palabras.
- ¡¿A qué puntos quieres llegar?! - exclamó el General, el silencio volvió a apoderarse del salón.
- Si pides más de lo que ya te hemos dado. - El hombre se agachó y tomó un puñado de tierra, del verde pasto. - Esta tierra, la tierra que compartimos con ustedes, se volverá negra y no nos arrodillaremos ante ningún Bastión ni ante ningún Consejo, ya sabes a lo que quiero llegar.
- No amenaces al Bastión Rey sin nombre, por qué no cuentas ni con los recursos económicos, ni con los militares para someter a Cyalar y al Bastión. - El General estaba apunto de darse la vuelta y salir para dar la orden de saquear la ciudad andante, pero antes, el rey lanzó el puñado de tierra hacia el rostro descubierto del General.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Tomo I La Rosa y el Bastión

La Rosa, hogar de héroes y monjes, de grandes espadas forjadas a mano de hierro y una cultura tan rica y mística que la sitúa como el centro espiritual de todo lo conocido.

La Isla-continente se sitúa en el occidente de los mares y se divide en tres grandes zonas


  • Mano de Hierro (Sur, dominios de los Reyes del Bastión y el pueblo libre)
  • Mano de Gigantes (Noroeste, dominios de los Olvidados y los que no se arrodillan)
  • Tierras Infertiles (Centro y norte, dominios de los que no se arrodillan)


Los primeros registros de la Rosa apunta a un pueblo nómada posiblemente proveniente de la Mano de Gigantes, que llega desde el norte hasta la Mano de Hierro, asentándose en los actuales valles de Cyalar, bajo el cobijo de las cordilleras heladas; con ésta muralla de piedra natural se protegen de los pueblos invasores del Norte, consolidando así el Reino del Bastión Occidente.

La gente de la Isla-continente es a menuda bajita y de tez blanca (más al norte se vuelven más oscura), de mujeres regordetas y hombres menudos. No así las dinastías dominantes que se consideran mestizos de los Reyes de la gente libre y los nómadas extranjeros. Rubios, ojos verdes altos y corpulentos, de hermosas mujeres de ojos violetas. Para un hombre, nacer con ojos violeta era signo de debilidad, para una mujer nacer con ojos verdes era signo de deshonra.

Los valles floridos y los animales de los valles hacen la Mano de Hierro la zona más hermosa y rica en recursos de la Rosa, con moderadas lluvias la mayoría del año y abundantes pozos el pueblo que alguna vez fue nómada  formó poblaciones en diversos puntos del mar florido.

Junto con el pueblo anexado al Bastión los otros habitantes, quizás los primeros habitantes fueron los pueblos libres, gente de un carácter alegre y festivo, utilizan pigmentos extraídos de las abundantes flores para pintar sus hogares y sus cuerpos, casi tribales los pueblos libres ubicados en su mayoría en las costas oeste de la Rosa viven en una armonía relativa con sus homónimos gracias a las ganancias que éstos obtienen vendiendo sus pinturas.

Después de más de 500 años de relativa paz del Bastión, nace Jackenzard, hijo de una sacerdotisa y de un rey bajo, conquista muchas ciudades autónomas de las Tierras infértiles, ganando así la confianza de la corte de Cyalar y por ende el poder absoluto del bastión, llegando a conquistar las lejanas ciudades ubicadas en la Mano de Gigantes, el bastión queda como el Único reino de la Rosa

En sus 100 años, cruzó el Mar de Reyes, en busca de las míticas ciudades del desierto y la Joya dorada de Adul'hab, tomó el poder del desierto, Viajó hacia las bohemias ciudades del Rey en los Dominios de gobb al norte del desierto, y puso a sus pies a los Reyes Australes de las Llanuras centrales del continente Titán.





lunes, 5 de septiembre de 2011

Un reino de otro mundo


Era un día frío. Una ciudad cálida. Las calles estaban húmedas, siempre lo estaban.

El chico se dirigía hacia su habitación en un hogar para estudiantes universitarios, recorrido era siempre el mismo al salir del campus: pasar por aquél edificio de personas en traje apuradas y apretujadas al tomar el ascensor que se podía vislumbrar desde los grandes ventanales del lobby, aquél frío parque de enamorados que probablemente no tenían un mejor lugar para ir a besarse que en una plaza aburrida y gélida, finalmente esa iglesia sombría, digna de una película melancólica; en realidad simplemente le recordaba a una película sombría y melancólica que había visto con su padre cuando era pequeño.

Sintió un frío en su espalda, los ejecutivos del edificio seguían recorriendo las escaleras de la entrada apurados. Un miedo indescriptible y en cierta forma bastante irracional, decidió apurar el paso, sentía como alguien le miraba, tenía miedo.

Esto no era un día normal, pensó, sí, lo es, no por supuesto que no.

Su mente se nublaba de pensamientos que parecían aflorar instintivamente mientras el miedo seguía apoderándose.

- Estoy perdida, ¿puedes ayudarme? - dijo una voz femenina detrás suyo, cuando se apresuraba a dejar atrás el gran edificio. Sintió un golpe en el corazón, "Te lo dije, te lo dije", pensaba.

El ambiente pareció calmarse, ya no era frío, simplemente no había nada, estaba vacío de sentimiento.
Los ojos café del chico se posaron sobre la chica. Era una chica de estatura mediana, cara bastante regular, ojos verdes y cabello castaño oscuro, vestía un chaleco rosado y una falda de cuadros color rojo.

- ¿Podrías decirme dónde queda el Obelisk? - dijo la chica, mirando el piso. Ya no había nadie a su alrededor.

La cabeza se le nubló, finalmente el era el que carecía de un sentimiento, estaba vacío.

- Es el edificio de allí, dónde la gente entra ... ¿Eh?. - El chico vió la entrada del edificio totalmente vacía; en los asientos por fuera no se podía ver a ninguna persona apresurada con traje, ni siquiera en los grandes ventanales.
- Gracias, mi nombre es Isabella, discúlpame por la interrupción. - respondió la chica sin quitar la mirada del suelo, la mirada del chico seguía clavada en el vacío vestíbulo.

Isabella dio media vuelta y entró por la gran puerta del Obelisk, sólo cuando ésta pasó corriendo por el vestíbulo rodeada de grandes ventanales el chico se dio cuenta que había entrado a la edificación.

Se hace tarde, sus pensamientos volvían a estar en el mismo sitio de antes, todos ordenados como debían.

Dio media vuelta, un chico venía frente a el, no pudo evitar fijar su mirada en su aspecto. Cabello negro y largo que parecía cubrirle el rostro, chaqueta de cuero negra y jeans negros, sin embargo lo que más le impresionó fue la oscuridad en sus ojos, sólo expresaban rencor y odio. El chico le devolvió la mirada, hasta pasar a su lado para finalmente quedar detrás de él.

Las parejas ya no estaban sentadas en el lúgubre parque, todos los asientos estaban vacíos.

"Gracias, mi nombre es Isabella.", pensó el chico. Había algo en ella, no era su belleza, si no lo que sus ojos transmitían. El miedo surgía poco a poco desde los fríos rincones de su mente, parecía apoderarse poco a poco de su mente, pronto de su cuerpo, de sus pasos.

Ahí estaba la Iglesia.

El chico, el chico; una oleada de pensamientos le invadió. ¿Será normal? ¿Esto es ilógico?, no, nada lo es, lo que siento es verdadero, debo hacerlo, está en peligro. Dio media vuelta y vio el parque vacío; debía llegar al Obelisk lo más pronto posible.



Mercurius entró al lobby y vio pisadas de barro que se dirigían a las escaleras, abrió las puertas que se encontraban a un lado de los ascensores y vislumbro a Isabella pisos arriba, sentada en las escaleras. Sus ojos se volvían a llenar de una oscuridad, se apresuró en subirlas. Debía hacerlo

Al llegar, esta le miró a los ojos. Siempre le había gustado la forma en que los ojos de Mercurius le quemaban su alma, poco a poco, hurgando entre sus pensamientos.

- Isabella, sabes lo que debo hacer. - dijo éste con una voz baja, agachándose y presionando la cabeza de la chica contra su pecho.
- No hasta la oscuridad, quiero verla y sentirla con mis propios ojos. - dijo la chica, apunto de llorar. - Prométeme que lo harás sin sentir dolor, que lo harás sin sentir que no lo merezco.
- Isabella... - los ojos del chico comenzaban a cobrar un sentimiento triste.

La chica se separó de Mercurius, le volvió dirigir la mirada a esos ardientes ojos. La luz de una pequeña ventana que se encontraba a un lado de la escalera comenzó a perder vida. La chica se puso de pie rápidamente.

- ¡Está pasando! - exclamó, sus ojos se le hinchaban.
- Isabella, no lo hagas más difícil - Mercurius se ponía de pie, este era el momento en el que el sacaría su pistola escondida debajo de la chaqueta y presionaría el gatillo en dirección a Isabella. Una luz alumbraba las escaleras cada veinticinco segundos.

Esperaron, Isabella seguía tratando de luchar contra sus lágrimas y Mercurius seguía esperando en vano el momento de empuñar el letal arma y sellar el destino de Isabella en sus manos.



Estaba casi por llegar al Obelisco cuando el cielo comenzó a oscurecerse. El chico miró a su alrededor, el piso comenzaba a humedecerse violentamente. Sus piernas le temblaban, estaba asustado. ¿Dónde estaba? ¿En qué momento todo había cambiado?

Una luz parecía alumbrar la calle cada veinticinco segundos, a lo lejos parecía ver un faro. ¿En la ciudad?

Siguió corriendo en dirección al Obelisk



Las escaleras comenzaron a temblar.

- ¡Isabella no lo hagas más difícil! - gritó Mercurius, al tiempo en que las escaleras se soltaban y comenzaban a bajar violentamente derrumbándose, apenas alcanzó a saltar y a sujetarse de las escaleras que seguían en su lugar mientras las de pisos más abajo continuaban precipitándose hacía abajo violentamente y con ellas su arma.
- Déjame, ¡déjame..! - gritó Isabella mientras seguía subiendo las escaleras; un objeto de metal sonó al colisionar contra el metal de las escaleras, Mercurius se apresuró a alcanzar a Isabella mientras recogía el arma que había caído desde la chaleca de Isabella
- Esa perr... tenía un arma. - dijo Mercurius entre dientes.



El chico continuaba perdido entre la oscuridad, apenas lograba ver hacía dónde se dirigía en los breves momentos de luz que el faro regalaba generosamente. Por fin el Obelisk

Entró al lobby y pensó en usar los ascensores, casi por instinto, sin embargo no funcionaban, Isabella tampoco estaba allí, decidió buscar debajo de la recepción por sí estaba allí escondida, sin embargo no encontró nada más que una linterna; la luz era débil pero le ayudaría bastante.

Se dirigió a las escaleras pero sólo encontró un montón metal verde que parecían haberse derrumbado. Entre ellas y bajo sus pies un arma.



La azotea estaba fría, el piso estaba resbaloso y el edificio parecía estar mojado, húmedo como si hubiera llovido hace unos momentos, desde el edificio podía ver una especie de faro de dónde provenía la luz intermitente que había presenciado momentos atrás en las escaleras. Una sombra serpenteante parecía danzar al rededor de la luz del faro. Isabella estaba cerca del borde del edificio.

- ¿No es hermoso?, Siempre me gustaron las serpientes, es hermosa, realmente hermosa. - Isabella parecía diferente.
- Basta de juegos... Isabella, te estás convirtiendo en...
- Ya es muy tarde ... sólo quiero estar contigo ahora, disfrutando de la belleza. - Se acercó y puso cabeza en su pecho, mientras se aferraba lentamente con sus brazos a Mercurius.




- La gente hace cosas malas... - dijo una voz en la oscuridad que provenía de la entrada, el chico sintió el pánico, la voz era de Isabella, decidió apuntar a la entrada con la linterna.

Una chica de pelo castaño desnuda y con el cabello en su rostro se encontraba parada frente a él.

- ¡Isabella! ... que haces ... - gritó el chico.

La chica se llevó las manos al cabello y dejó ver dos huecos sangrantes en dónde deberían estar sus ojos.

- ¡No queremos ver! - dijo la monstruosidad mientras soltaba una risa y se acercaba con movimientos grotescos hacia el chico.

- ¡...! - El chico se dio vuelta y tomó el arma mientras corría en dirección a las oficinas. La puerta estaba cerrada, no habían escaleras y los ascensores tampoco funcionaban.





- ¿Me amas? - Dijo Isabella, mientras la figura serpenteante comenzaba a acercarse al edificio.
- Yo ... Isabella... - Mercurius trataba de contener la respiración mientras Isabella presionaba su cabeza lentamente en contra de su pecho.
- ¿Esto es lo que quieres? - Las manos de Isabella bajaban lentamente por el torso de Mercurius y luego recorrían lentamente sus brazos.




- ¡Aléjate! - gritó el chico, mientras el ser que parecía ser Isabella seguía acercándose.
- ¡Aléjate!, ¡Aléjate!, me han hecho daño, sálvame, sálvame ... ¡hahaha! - La figura seguía moviéndose retorcidamente mientras se acercaba y soltaba carcajadas, entre las risas el chico vio como no tenía dientes y en lugar de ellos se encontraban encías vacías y sangrientas.
- ¡Voy a disparar! - El chico apuntó el arma a la humanoide.
- ¡Pues no será la primera vez que me dan! ¡HAHA! - el ser seguía caminando, esta vez estaba a menos de tres metros.




Isabella quitó el arma de las manos de Mercurius y volvió a recorrer el torso con sus manos hasta apuntar con el arma a la cabeza de éste.
- Ahora sabes como se siente ... que te den y no poder hacer nada ... - dijo Isabella, esta vez mirando fijamente a los ojos de Mercurius. La figura de la serpiente voladora seguía haciéndose cada vez más grande; esta vez se le podía ver grandes ojos rojos que parecían recorrer el cielo y volverse cada vez más grandes y profundos.



- ¡Alto! ... Alto por favor ... - suplicó el chico finalmente.

El ser se lanzó contra este rasgándole el cuello y golpeándolo en el rostro. Luchó para sacárselo de encima, pero tenía una fuerza sobrehumana. Rezó en sus adentros, la desesperación le consumía, ya no tenía miedo, si no rabia y un ardor le recorría el alma hasta dar en su garganta. Tenía ganas de llorar.
La sangre de los huecos le saltaba en el rostro mientras el ser le golpeaba. Todo estaba perdido. Una luz intermitente comenzaba a rondarle los pensamientos, iluminando su ser. Una serpiente de ojos rojos parecía revolverle el estómago. La luz de hizo en su alma.

Golpeó al ser con todas sus fuerzas y cogió el arma.
Apuntó, mientras este chillaba en el suelo para volver a lanzarse.
Disparó. No sabe cuantas veces lo hizo, pero el ser calló envuelto en un manto de sangre frente a el.




- Es hora de terminarte a tí ... Mercurius ... - Los dedos de Isabella comenzaban a presionar lentamente el gatillo en dirección a la cabeza del chico. - Qué ... qué es eso ... - Isabella comenzaba a dar pasos hacia atrás y a derramar sangre por su boca, el arma cayó al piso. En ese momento Mercurius pareció despertar, la serpiente ya no estaba en el aire. Sus ojos rojos ya no le observaban. Entonces lo entendió.

Fijó su mirada en Isabella que se retorcía frente a el. Al percatarse de la presencia de éste frente a ella se volvió hacia el y lo abrazó desde la cintura.

- Parece que alguien te ha salvado, Ahora .. ¡Ámame! - decía o al menos eso creyó oír Mercurius.

La levantó del cuello y la alzó frente al gran abismo negro que se vislumbraba desde la azotea. La sangre seguía brotando.

- Mírame. - Ordenó, Isabella obedeció con sus marrones ojos.
- Ámame, si me amaste ... dime que sí. - Isabella comenzaba a perderse en sus ojos que parecían convertir en cenizas todo.

La volvió a alzar y finalmente la puso suspendida en el aire.

- Me haces daño ... Mercurius ... me haces daño, duele mucho. - Isabella comenzaba a forcejear con sus manos, para poder quitar las manos del chico de su cuello. - Ámame, ¡dime que me amas! - finalmente dijo.
- Nunca lo hice. - concluyó Mercurius, mirándola fijamente.

En ese momento, el faro se apagó, el alma de Isabella se incineró completamente por los ojos del chico. Pronto se sentía volando, sus lágrimas caían hacia arriba, todo parecía haber terminado.

"Gracias", pensó para sus adentros, "Te lo agradezco, gracias por amarme", sonriente la chica se precipitaba hacia el abismo.



El chico comenzaba a respirar cada vez más rápido, sus ropas estaban mojadas y su corazón latía cada vez con mayor rapidez. El ser seguía allí tirado, en la oscuridad sangrante.

Sentía miedo, se sentía estúpido, se sentía pequeño. Pero pronto pensó con mayor claridad y llegó al a conclusión que debía salir de allí. Se levantó con desesperación, la luz del faro ya no alumbraba más.
Presionó desesperadamente los botones del ascensor, la linterna comenzaba a parpadear. Finalmente una de las puertas se abrió con toda la maravillosa luz que un ascensor de un edificio ejecutivo podía proporcionarle, casi con automática reacción entró y se fue deslizando poco poco apoyado en la pared. Perdiendo fuerzas y rompiendo en llantos pensó en la chica.
La puerta se abrió, varios de rostros miraban atónitos al pequeño bulto tirado en el piso del ascensor.
El chico miró. Eran los tipos de traje que le miraban con curiosidad. Escondió el arma debajo de su chaleco y salió fuera mientras la gente le miraba.

Más gente había afuera del Obelisk, una chica yacía muerta en el piso. Los susurros decían "suicidio" todo parecía asquerosamente real. Los ojos del chico seguían hinchados.

Todo era real.



domingo, 4 de septiembre de 2011

Nueva Imagen

Bueno, dada las circunstancias debo cambiar la imagen del blog para conseguir más visitas :)

Acabo de llegar a las 500 visitas y creo que de cierta forma hay que "celebrarlo" aunque es una cifra menor nunca pensé que llegaría a tal número puesto el esfuerzo que dedico al blog es mínimo.

Espero poder hacerle más publicidad al blog y llegar a cifras mucho más altas, sólo es cosa de tiempo.

Trataré de organizar las diversas historias en "Etiquetas" para que se pueda comenzar más fácilmente la lectura de éstas.




miércoles, 31 de agosto de 2011

Las catacumbas eran circulares, como las anteriores, sin embargo ésta contaba con un pasillo en dirección norte repleto de tumbas en sus paredes, Lex tenía miedo, los lugares anteriores eran pequeños y vacíos, sin embargo quién sabía si había algún espíritu del desierto rondando por allí.

Los Duhur, monjes ancestrales del desierto de Adul'hab no se podían permitir morir en las ciudades puesto que eran lugares sagrados, una ciudad siempre estaba asentada sobre un Oasis y éstos eran lugar de veneración por los monjes, fuentes de vida en medio del abrasador desierto. Construyeron miles de catacumbas a lo largo del desierto algunas conectadas entre sí, que luego al quedar sepultadas por la arena servirían como refugio para los viajeros de los Espíritus del desierto.

El ambiente allí era húmedo, los sarcófagos parecían susurrar un lenguaje lejano y etéreo, el silencio parecía apoderarse del lugar mientras Set y Lex observaban detenidamente el pasillo que se perdía en la profundidad de las sombras y las penumbras.

-No podemos dormir aquí. - Set parecía serio otra vez, estaba delante de Lex, frente al pasillo observándolo con detenimiento. -¿A qué te refieres? - Lex comenzaba a impacientarse.
-Aquí hay un Condenado, un espíritu. - Esta vez Set hablaba bajo, como si no quisiera emitir mucho ruido. Las paredes seguían susurrando silenciosamente, Set hizo una señal al chico con su mano para que avanzaran en la oscuridad.

Los pasos parecían desquebrajar cada vez más el susurro incesante, cada paso despellejaba el silencio, volviéndose una lenta carrera al abismo oscuro que yacía frente a ambos. Justo antes de seguir por el pasillo oscuro, Set se detuvo y sacó una antorcha y un libro viejo de portada azul marino desde el bolso.

- Set, ¿qué es eso? - los latidos de Lex se hacían cada vez más rápido. Desde que llegaron al desierto de Adul'hab, había oído de los Espíritus del Desierto, sin embargo Set siempre entraba a las catacumbas para luego dormir antes del amanecer, haciendo imposible la visión de uno. Lex se imaginaba un ser horrendo y grotesco esperando en las sombras para devorar sus almas; luego se dio cuenta de que debían ser más fantasmales y etéreos por la connotación de "Espíritu". Después de un tiempo Set les llamó "Seres Físicos", entonces Lex desertó en la labor de encontrarle una forma a aquéllos temidos seres.
-Un Libro de Esplendor, estas páginas contienen los secretos espirituales del desierto. - respondió, sin perder de vista la oscuridad, con el libro entre sus piernas y encendiendo la antorcha con un extraño artefacto largo parecido a una caña de metal que dejaba salir una pequeña llama azul desde uno de sus extremos.

La luz invadió el lugar, los susurros se detuvieron, las paredes dejaron de hablar, los muertos callaron y entre las sombras ya desvanecidas por la luz, en una esquina al final del pasillo, había un bulto de carne blanca con magulladuras rojas. Lex se controló para no soltar un alarido, sin embargo éste si gritó, pero para sus adentros, dónde las ondas sonoras se convirtieron en un miedo inexplicable.




sábado, 27 de agosto de 2011

-¿Y de noche no es más difícil verlos?. - Lex estaba realmente interesado en el tema. Por fin podría ver el mundo con mis propios ojos y no de relatos vacíos que el Frater Euranios le contaba.
- Duermen en la noche, como la gente normal - El desierto seguía viéndose claramente, arenas infinitas aparecían ante cada uno de sus pasos, no había señal de vida y el único sonido que se lograba escuchar era el del silencio, susurrándoles y quebrándose cada vez que uno de los dos se atrevía a hablar y desafiarlo en la inmensidad del desierto. - No soportan el frío del desierto nocturno, y sus sentidos se vuelven cada vez más negros al pasar el tiempo, así como su alma también se degrada cada vez más. - continuó.

Conforme con las respuestas, decidí concentrarme en el camino. Pasaron horas largas de caminata y mis pies cada vez se cansaban más del largo viaje, caminar sobre la arena era difícil y realmente sus piernas ya comenzaban a temblar. De pronto y tras horas de caminata, el sol comenzó a mostrar sus primeros rayos en el horizonte. Set pareció preocupado.

-Debemos encontrar una catacumba rápido. - dijo, dejando el bolso en la arena al tiempo que comenzaba a hurgar en él.
- ¿Qué pasa? - pregunté un poco nervioso, los rayos del sol comenzaban a calentar mis ropas.
-Rápido, ve y busca, excava, rápido, debe estar por aquí. - respondió hurgando desesperadamente entre sus cosas.

El sol radiante parecía salir más rápido de lo normal, los hermosos rayos dorados parecieron cegar a Lex, comenzó a tratar de buscar en la arena alguna entrada, así como anteriormente habían entrado a catacumbas subterráneas, quizás eso era lo quería Set ahora.

- ¡Más a tu izquierda! - gritó Set, Lex obedeció.

Por fin sintió metal y luego un aro de hierro, limpió la arena a su alrededor y cuando divisó la puerta completamente trató de jalarlo, sin resultados. Set le ayudó a jalar y juntos abrieron las misteriosas catacumbas. Lex entró y luego Set le siguió.

viernes, 26 de agosto de 2011

Abrió los ojos. Su maestro estaba vistiéndose y guardando las cosas en un pequeño bolso que el chico jamás había visto portar antes al joven.

- Ya es de noche?. - preguntó, pasando sus manos por sobre sus ojos.
- Está anocheciendo, debemos irnos. - dijo el joven.

El chico se levantó y cogió sus ropas, estaban frías y parecían más pesadas de lo común.

- Se dice que Adul'hab está preparando un ataque contra el bastión. - el chico trataba de empezar una conversación, Frater Euranios, su antiguo maestro le había dicho que cada vez que se conocía a alguien debían hablar y entablar una amistad, las relaciones movían el mundo. Sin embargo, el maestro ya llevaba alrededor de 4 días viajando con aquél chico y habían hablando ¿Cuánto? ... dos o tres veces nada más.
- Recuerda que estás aquí para aprender sobre la cultura de la gente, no importa lo que vayamos a hacer allá, mantén los ojos abiertos y registra todo. - dijo, sin prestarle mucha atención y concentrado en su equipaje.
- Ya ... vamos. - finalmente dijo.

Las calles estaban tan atestadas de gente como siempre. Cientos de personas pasaban con coloridos trajes, vendedores gritaban y algunos guardias se paseaban en caballos con dificultad por la multitud, las calles eran estrechas y polvorientas.

- Desde aquí las catacumbas en las que dormiremos pueden estar habitadas. - dijo el joven, mientras salían por una puerta gigante hacia la inmensidad del desierto.
- Habitadas? - el chico lo trataba de seguir a su ritmo, sin embargo el joven era más rápido. - ¿A que se refiere, Shi'zar? - Un Shi'zar era un maestro, una persona de la que había mucho que aprender, era la primera vez que el chico se dirigía a su Maestro de esa forma.
- Espíritus físicos del desierto, hombres sin alma. - se limitó a decir.
- ¿Que haremos en caso de que Shi'zar se encuentre con un espíritu? - Preguntó el pupilo, ansioso de ver que   el Maestro respondiera a sus preguntas sin su mirada que quema.
- Lo quemaremos por dentro, un Shi'zar no tiene alma por lo tanto su espíritu no está protegido por Adi'neeh, con las palabras correctas haremos que el espíritu sucumba a nuestros pies. - respondió.
- ¿Shi'zar sabe cómo quemarlos por dentro?, ¿Por qué no viajamos en el día si Shi'zar sabe quemarlos?. - preguntó el chico, pero luego se arrepintió, estaba preguntando mucho.
- No soy un Shi'zar, no tienes nada que aprender de mí. Mi nombre es Set-Zuh, puedes llamar de ese modo. - para su sorpresa el maestro estaba respondiendo bien, siempre concentrado en el camino. Las arenas del desierto en la noche eran frías y el atardecer había terminado desde que habían salido por las puertas de la ciudad-centinela.
- Un nombre del desierto. - concluyó el chico. - Mi nombre es Lex'Aión, hijo de Jal'Aión.
- Bienaventurado seas Lex-Aión, hijo de Jal-Aión, por que tu destino es conocer los cinco mundos del Anillo. - Dijo sonriendo, de repente Lex sintió una felicidad inmensa, por fin su Maestro le hablaba.
- Gracias, pero Shi'zar .. digo Set-zuh, aún no me responde la pregunta... - Lex se sentía más animado y el desierto nocturno parecía más iluminado de lo normal.
- Por que los espíritus en el día se arrastran por la arena, cómo si fueran serpientes. Son capaces de matar a un hombre sin que se dé cuenta, algunos dicen que son capaces de saltar tres metros para desgarrar a sus presas. - respondió preocupado.



Los que no se arrodillan.

Las Tierras Infértiles conformaban el extremo norte del continente de las Rosas, nombrado así por sus primeros habitantes ya que en el sur de ésta por las extensas llanuras cada año florecían alrededor de las ciudades miles de rosas anunciando la primavera. Cosa que no sucedía en las Tierras Infertiles del norte, por eso su nombre.

La gente era muy diferente también; mientras que la gente del Norte se ocupaba de actividades de sembrado y su actividad económica dependía especialmente de sus vegetales y sembrado, las personas del sur exportaban piedras preciosas, minerales y animales.

Cuando Jackenzard "El que todo quema", subió al poder y anunció a la ciudad de Cyalar como sede del nuevo Bastión Escarlata dominó los pueblos libres de la Rosa Norte, dejando a las Tierras Infértiles como principal ruta de comercio en el continente.

El Bastión se extendió al Desierto, luego a los Dominos de Gobb, finalmente al Occidente de las Llanuras Infinitas. Consagrando así el poderío Bastión y el domino sobre las demás potencias.

No contentos con la vasta cantidad de territorios dominados se alzaron contra Buscheilm, tierra de hombres del bosque, tomando posesión de la principal isla-puerto del mundo conocido: Isla Real.

A la muerte de Jackenzard, su sobrino Fileas asciende al poder, descuidando la Rosa para volver Isla Real en la capital momentánea del Bastión. Descontento con ésto, las ciudades de Aduán, Hiseas y Enuan de la Rosa Norte y Khar de Titán Occidente se unen y logran repeler al Bastión por las precarias condiciones en las que se encontraban, pasando a ser "Tierras Negras", autodenominándose "La gente que no se arrodilla ante nadie", ciudades independientes que se unieron militarmente para lograr la independencia.

Con la muerte de Fileas, el poder se divide en seis ancianos que formarían el Consejo Argenta, ubicado en Cyalar, volviéndose así la Capital del Bastión.

Con los crecientes rumores de rebelión del desierto de Adul'hab, el Bastión Escarlata cada vez se ve más amenazado por las demandas de independencia, ya que el desierto constituye la única ruta de contacto con las Llanuras infinitas.




martes, 23 de agosto de 2011

Yo soy la Redención

El hombre se acercó a mí, el dolor era insoportable, hilos de sangre escarlata recorrían lentamente mi rostro en dirección al suelo. Mi cabeza inclinada le daba la oportunidad de asesinarme. "Haz que pare" deseaba, gritaba en mi interior, más el dolor no paró.

Tomé la mano que el tipo apretaba contra mi cabeza y la apreté tanto que el dolor pareció desaparecer un momento, un momento celestial en dónde todo era más claro, un momento en dónde mi concencia presenció un eclipse, un éxtasis divino.

Apunté mi pistola 9 mm. con mi otra mano al rostro oscuro y tenebroso del hombre. Jalé el gatillo.


Rostros como el mío / Emilie Autumn.


Sí, es inusual,
Vivir tu vida de ésta manera,
Todo lo que puedo decir es;
Quizás por eso es que no ves,
Rostros como el mío todos los días,
¿Quién me perdonará?
Nadie sabe que he hecho mal.
No me crees?
Por que no duraré tanto.
No, Yo ...
Quiero estar tranquilo ahora,
Solo,
Devuelta a mis sombras,
Me esconderé detrás de los problemas de mi mente.
Dices que estarás a mi alrededor,
Finalmente has encontrado
la respuesta a mi historia.
Felicitaciones, amor,
Así que adelante y decíframe,
Resuelve el puzzle si es que necesitas la gloria.
Desearía ser de tu clase.
Odiaría ser la persona,
Que te diga lo poco que sabes.
No es lo que he hecho,
Si no más bien lo que llevo dentro.
Incluso aunque me rinda, 
No seré la victima de tu juego,
Sólo eres libre cuando no tienes nada que perder.
Piensa en tus más oscuras noches,
Piensa en tu alma solitaria
Si puedes soportar la vista
Piensa en el amor que nunca conocerás.



Castillo

De pronto, Mercurius se encontró en un gran salón blanco. Habían cuadros y pinturas de rostros por todas partes, sin embargo todas tenían el rostro en blanco, cómo si el pintor hubiera olvidado dibujarles uno.

Las barandas de la escalera terminaban en pequeños querubines con las alas abiertas que se inclinaban levemente invitando a las personas a subir por la ostentosa estructura. Ambos lados del a escalera habían dos estatuas de mujeres en posición fetal.

- Oh, has llegado! - exclamó una voz que venía de las escaleras, Mercurius observó como un hombre mayor bajaba las ostentosas escaleras lentamente, llevaba una túnica blanca, pelo largo blanco, y una barba blanca, para variar. Parecía fusionarse con el ambiente y lo único que llevaba de otro color, eran unas pequeñas gafas de color negro que aumentaban el tamaño de sus ojos considerablemente. Finalmente al llegar al primer piso, se acercó a Mercurius y le tendió la mano.
- Mi nombre es Nilrem - dijo el viejo, Mercurius siguió asombrado por el hermoso salón blanco. - Bueno, es hermoso no?, Es el Salón del Verso invertido, y hoy tú eres nuestro invitado especial.
- Yo?. - el chico se sorprendió. - Por qué yo?, ni siquiera sé como he venido a para aquí ... no recuerdo nada... 
- Hay alguien que quiere verte. - interrumpió el hombre, al parecer no había tomado atención a las interrogantes del chico. - Sígueme.

El hombre comenzó a caminar a una de las paredes del lugar y con gesto de su mano se abrió de par en par haciendo aparecer un pasadizo, hizo la señal de proseguir a Mercurius, éste obedeció, sus ojos se comenzaban a cansar por el brillo de color blanco.

Entraron a una sala larga y monótona, una mesa de madera larga abarcaba toda la sala y en ella habían al menos diez personas mayores, todas riendo alocada y desenfrenadamente, lanzando frases incomprensibles, Nilrem pareció decirle algo a Mercurius, sin embargo éste no pudo escuchar por el ruido.

Nilrem sacó un bastón de su túnica y golpeó el suelo con delicadeza, todos parecieron callarse de inmediato, mirando a Nilrem con sorpresa, cómo si ni siquiera se hubieran percatado de su presencia.

- Ve y sientate allí. - le dijo a Mercurius, éste lo miró fijamente pero luego optó por obedecer. 

Los pasos se hacían eternos y fuertes a medida que avanzaba a la silla al final de la mesa al otro lado de dónde se encontraba el viejo Nilrem. Los viejos parecían incómodos y ninguno movía un músculo, sin embargo Mercurius sabía sus ojos lo seguían paso por paso, finalmente llegó al lugar indicado y se sentó.

- Bien, espera un momento, ya vuelvo. - dijo Nilrem al tiempo en que salía de la habitación y la puerta desaparecía de la pared.

El silencio era incómodo y los ojos de los viejos parecían cada vez clavarse en Mercurius, éste decidió bajar la cabeza, había un pequeño plato con un bistec que parecía apetitoso frente a el. Tomó uno de los tenedores y cuchillos a sus lados y comenzó a comer el bistec, hacía mucho ruido y los viejos seguían mirándolo.

- RATAS! - gritó uno al tiempo que reía, sin embargo luego calló al darse cuenta que ninguno lo seguía y todos seguían mirando a Mercurius.






sábado, 20 de agosto de 2011

EL CAMINO

CAPITULO I : EL VIAJE

Las voces de la muchedumbre resonaban en mi cabeza, parecían invadirme y confundirme. Mi maestro caminaba unos pasos más adelante abriéndose paso entre la multitud sin una gota de sudor en su rostro, lo que me parecía casi inhumano ya que me encontraba al punto del colapso por el calor penetrante del sol de mediodía, los gritos de la gente y sus cuerpos aplastándome.

Estábamos en Bhadil'Hab una de las muchas ciudades centinelas de la gran Adul'hab, la joya del desierto, dónde los mercados eran mucho más grandes que éste y dónde se podían encontrar joyas de los cuatro rincones del mundo, allí, era dónde nos dirigíamos, bueno ... "No sin antes descansar" dijo el maestro, el desierto podía ser el más grande asesino para las personas que no se preparaban adecuadamente para su viaje.

Logramos salir de la muchedumbre para entrar en una posada hecha de la misma piedra amarilla de la que estaban hechas todas las casas, les daba la apariencia de confundirse con la arena.

- Shialab'du, Shanab Sudu. - Dijo mi maestro, dirigiéndose al posadero, estaban hablando en la lengua del desierto cosa que yo nunca había entendido, era muy complicado y en cada lugar del desierto las palabras cambiaban de significado, por lo que su uso y entendimiento normalmente sólo se reservaba a la gente que nacía y crecía en el desierto.
- Khatar Kulur. - dijo el hombre señalándome.
- Sou - respondió mi maestro.
Me hizo una señal con su mano indicándome que subiera unas escaleras que se encontraban a un lado del mostrador y el posadero, era un hombre tosco y duro, parecía más un guerrero que el recepcionista de una posada. Subimos por las escaleras y caminamos por un largo corredor, las paredes eran amarillas, como todo lo demás y entramos a una habitación al final de éste, era amarilla ... también. Dos camas, dos pequeñas mesitas de noche, era todo lo que necesitábamos.
- Puedes dejar tu ropa enfrente de tu cama yo dormiré en la de este lado. - dijo, apuntando a la cama que se encontraba a nuestra izquierda, en la pared que se encontraba la puerta.
- Está bien. - No acostumbraba a hablar mucho con el maestro, llevábamos alrededor de tres días viajando desde Cyalar, ciudad en la que mis maestros anteriores me lo asignarían, no lo conocía y al parecer tampoco el quería que yo lo conociera.

Era un Iniciado, mensajeros y comunicadores con el mundo. Usaba la magia y su voz para comunicarse y mandar a la realidad a que cumpliera sus designios, ayudando a la humanidad a prosperar como una sola junto con todo lo que le rodeaba. Cada año 5 chicos de cada ciudad del Bastión se enviaban a uno de los templos de cada ciudad para aprender a convertirse en un Iniciado, durante ese aprendizaje se debía viajar por todas las ciudades del Bastión, comunicando a sus habitantes los designios de la naturaleza.

Eran años duros, Adul'hab o el reino del desierto, se estaba desprendiendo cada vez más del Bastión, y con ello las ciudades centinelas del desierto clamaban por su independencia. Los Desiertos del Sur se estaban levantando en contra del gran Bastión Escarlata y nosotros eramos los enviados para aplacar la ira de los manifestantes y recordarles que todavía dependían del Bastión.

Me senté en la cama, mientras mi maestro se desprendía de sus túnicas. Era un hombre joven de 26 años, tenía el cabello rubio y ojos azules, su rostro era alargado y su nariz era perfecta, sus rasgos eran finos, sin embargo había algo en sus ojos que era duro y triste, lanzó sus túnicas cafés de lino hacia un lado.

- Maestro, que ha sabido de los espíritus del desierto?. - pregunté, me dirigió una mirada fría.
- Les temes?. - respondió, dudé si seguir con el tema.
- Frater Euranios dice que en el desierto abundan espíritus del desierto, pero tienen cuerpos físicos, devoran hombres en el día, es por eso que viajamos en la noche? - su mirada seguía clavada en mí, le devolví la mirada, esperando una respuesta.
- Puede ser, el sol del desierto quema todo, hasta el corazón de los hombres, es preferible viajar en la brisa nocturna. - respondió, quitó la mirada de mi y se concentró en sus ropajes, luego se dirigió hacia su cama y se acostó.
- Las criptas eran mucho mas silenciosas que esta ciudad. Buenas noches Maestro. - Dije finalmente las voces de la ciudad seguían gritando. Era de día, sin embargo estábamos cansados, habíamos llegado al amanecer

Habíamos partido desde las frías estepas de Cyalar en el día, cuando llegamos al desierto era de noche, viajamos hasta que amaneció, cuando mi maestro me hizo caminar por la fría arena hasta dar con una puerta en el suelo, al abrirla la arena cayó como una cascada por el agujero, entramos y nos encontramos con una cripta, llena de tumbas era pequeña pero aún así daba miedo, los cuerpos y sarcófagos estaban alrededor rodeándonos mientras mi maestro se acomodaba para dormir en el suelo, mientras los rayos del sol penetraban por la puerta de metal con unas pocas aberturas, para luego ser tapadas por la arena.




martes, 9 de agosto de 2011

Lawrence despertó en medio de la noche, sus pies estaban helados, la camisa que había usado los últimos dos días estaba sudada, odiaba estar así, necesitaba su ropa informal, el uniforme del instituto parecían apresarlo. Dio unas vueltas en la cama pero no lograba cerrar los ojos, éstos se mantenían abiertos mirase donde mirase.

De pronto escuchó unos gritos. Su cuerpo se estremeció, levantó la cabeza y luego miró a Seth, que dormía profundamente. - Deben ser los locos del mercado. - pensó, pero no.

Unas calles más allá, cerca de la entrada aparecieron diez sombras negras con espadas de fuego, destruyendo todo el mercado que a esas altas horas todavía seguía abierto a todo público, los alaridos de los vendedores y la gente tocando instrumentos para divertir a la muchedumbre dejaron de hacerlo para que el sonido de la desesperación se tomara la ciudad.

Aves doradas con hermosos yelmos plateados sobrevolaron la ciudad. Vladislav escuchó todo y corrió a despertar a Hermes, que estaba en uno de los sofás de aquélla habitación durmiendo.

La casa era propiedad de Hermes y la mantenía llena de cosas que había traído personalmente de La Fuente, era una habitación grande que contaba con una cocina, comedor y unos dos sofás en los que ambos dormían,  el segundo piso tenía dos habitaciones: una sala dónde guardaba la mercancía que traía de la fuente para comercializarla en Adul'hab, y otra dónde tenía todo tipo de indumentaria con la que modificaba los móviles y los transformaba en artefactos para recorrer los distintos mundos de la Irrealidad.

- Hermes algo sucede. - dijo Karpov, mientras este daba unas vueltas en el sillón hasta caer al piso, hizo una mueca de dolor y abrió los ojos, escuchó los gritos. - No puede ser, debemos despertar a los chicos.

En el segundo piso, Hermes se dirigió a la cama de Seth y se arrodilló tratando de despertarlo.

- Que sucede?. - preguntó Seth.
- No lo sé, se escuchan gritos. - respondió Lawrence al tiempo en que el chico y el hombre entraban por la puerta rápidamente.
- Chicos, necesito que se escondan aquí, no vean por la ventana y  no abran la puerta a nadie. - En aquél momento muchas aves doradas pasaron enfrente de la ventana recorriendo las calles de la atareada Adul'hab.
- La guardia dorada - susurró Hermes.
- Algo realmente grave debe estar pasando. - dedujo Karpov.

Hermes y Karpov salieron a la calle, Hermes llevaba un bate, podría serle útil.

Enfrente suyo encontraron a caballeros vistiendo brillantes armaduras doradas con el emblema de la guardia dorada de Adul'hab. Ésta era contratada por la familia real eran llamados los Metamagos, ya que se podían transformar en bellas aves doradas para sobrevolar la ciudad y mantener el orden. De las cinco guardias que existían en tiempos ancestrales éstas eran las únicas que todavía servían a Adul'hab y la familia real. La gente les temía pues su mayor voto era el no poder hablar con nadie que no fuera un hermano de sangre  o un hermano de guarida, para poder mantener en secreto el arte de la transformación, por lo que también habían sido instruidos en el arte de la telepatía y cada vez que debían comunicar algo a un civil, éstos les enviaban un mensaje claro y directo. Su emblema era un fenix sobre un sol y se distinguían por su brillante armadura y sus yelmos con hermosas plumas.

- Despejad el lugar. - avisó uno de ellos a Karpov sin decir ninguna palabra.
- Que está pasando?! - gritó Hermes, una mujer que pasaba por allí corriendo en dirección al centro de la ciudad pasó enfrente de éste al tiempo que el la cogía de un brazo. - Dígame que está pasando. - gritó Hermes. - Caballeros negros!, la gente dice que son increados, han entrado por todas partes, debemos ir al palacio. - musitó la mujer. Hermes la soltó, y siguió corriendo.
- Por dios, Hermes, debemos sacar a los chicos de allí y llevarlos al palacio, estarán seguro y comunicaremos al Sumo Regente que ellos conocen la ubicación de la Emperatriz en sus memorias. - dijo Karpov, Hermes no lo pensó dos veces, corrió dentro del la casa y sacó a los chicos de allí, estaban en un rincón de la habitación sentados confundidos.
- Vámonos de aquí. - dijo Hermes, los chicos obedecieron.

Lawrence estaba confundido, al salir vio fuego en algunas de los edificios a la redonda, el sol eclipsado seguía allí mismo, dónde había estado todo el día, tarde y noche. Llegaron a una puerta gigante adornada con grandes aves doradas, era un fénix.

- Entren aquí chicos, Karpov llévalos y habla con el Sumo Regente, quizás sean la única opción. - dijo Hermes.
- Dónde irás?. - pregunto Karpov, nervioso, era la primera vez que Hermes lo veía nervioso y aunque lo habían conocido hace poco, también a los chicos les parecía raro.
- Debo ir a buscar mi móvil, se ha quedado allí, sin el no podemos movernos.- respondió el, mientras uno de los Metamagos le enviaba mensajes telepáticos: Iban a cerrar las grandes puertas pronto. Hermes se despidió, Lawrence vio sus ojos como si el tiempo fuera más lento, de momento se sintió familiar, como si el también hubiera pasado por lo que el estaba pasando.

Karpov tomó a ambos chicos del brazo y comenzó a correr en dirección al Palacio Real.



lunes, 1 de agosto de 2011

Normalmente pienso en cosas fantásticas, sin importancia que sé que no dañarán a nadie, sin embargo hoy me he propuesto romper lo más importante que tengo en esta tierra.

Ese día estaba subiendo las escaleras a nuestro departamento, las escaleras de metal y pintadas de rojo le daban un toque alegre a las murallas blancas, y cada puerta era diferente de otra, cada una parecía ser la entrada a la mente de cada uno de sus habitantes.

- Está pesado eso querido?. - dijo una voz detrás de mí.

Con el peso de la cajas giré la cabeza, era la Sra. Morrison, una señora de unos 50 años a la que siempre veía con una copa en la mano, sin embargo nunca la había visto embriagada de verdad, quizás tomaba por que era inmune a ese estado.

- Buenos tardes Sra. Morrison. - respondí, con las cajas en mis manos.
- Están redecorando? - dijo ella con la usual copa, e intentando prender un cigarrillo.
- Algo así, ambos tenemos mucho trabajo, por lo que nos costará un tiempo poner todo en su sitio, pero sí. - Traté de terminar la conversación lo más rápido posible, realmente odiaba aquél olor a alquitrán y la señora parecía estar con bata como recién levantada, eran las 3 de la tarde y posiblemente estaba buscando alguien con quién charlar, las cajas pesaban cada vez más.
- Creo que tengo algo que te gustará, espera aquí querido, deja las cajas en el suelo. - dijo ella entrando a su departamento.

Dejé las cajas a un lado de las escaleras, trate de masajearme lo dedos, los tenía rojos.

- Aquí está amor. - La mujer salió sin la copa y el cigarrillo, traía un bulto negro en sus brazos que parecía moverse tratando de buscar algo que quizás ya estaba perdido, era un gato. - Su madre murió ayer, mientras la señora de la tienda me atendía, ella salió a la calle y fue atropellada, la señora dijo que de todos los gatitos éste sobrevivió, al parecer no quería tener y bueno, me lo traje a mi departamento, hasta que recordé que ... no soy lo suficientemente responsable. - dijo ella, mientras extendía los brazos.
- Señora yo ... - en mi mente llamé las palabra de Dan: "Soy alérgico a los animales, no puedo y no quiero tener animales en el departamento." - Señora, lo siento pero Dan es alérgico a los animales, lo más probable es que no podamos tener a este gato.
- Que pena, bueno el ya los había elegido a ustedes. - dijo la mujer. - Encontrarás el camino. - dijo mientras miraba al pequeño bulto que parecía maullar agudamente. - Bueno cariño, debo ir a alimentar a esta criatura, suerte con la re-decoración.

Tomé las cajas, pero pensé en lo que le había dicho la mujer al pequeño felino. "Encontrarás el camino" ... dios esa mujer realmente estaba chiflada, pero era un personaje bueno, uno de esos personajes que no se encuentran fácilmente.

- Amo estas cosas, nunca se pueden tener suficiente de ellas. - dijo Dan, mientras olía los inciensos.

Había estado callado mientras abría las cajas y sacaba las nuevas cosas, mientras Dan las tomaba y examinaba una por una, por su instinto meticuloso.

- Dan ... que piensas de los gatos?. - dije con voz suave.

domingo, 31 de julio de 2011

Realidad

Lo besé en la frente, pensé que debía ser un sueño, pero finalmente se había hecho realidad.

La ventana abierta y el viento que acariciaba gentilmente las cortinas con los típicos sonidos de la ciudad que venían desde afuera parecían sacados de una de esas películas en dónde todo funciona perfecto, como un reloj.

De pronto, me puse de pie. Recordé que el día anterior mi hermano había preguntado por mí al teléfono, cuando me encontraba trabajando en mi consulta.

"Internet", pensé, debía estar en internet, conectado a su perfil de Facebook, como siempre.

- Qué haces?- preguntó el, mientras tomaba mi computadora portátil y me sentaba a su lado interrumpiendo su sesión típica de días jueves en dónde se sentaba a mi lado escuchando música mientras yo leía.
- Creo que mi hermano quiere hablar conmigo, será algo de mi madre, hace tiempo que no le llamo. - respondí, casi sin querer dar mas explicaciones, cosa que el sabía ya que dejó de preguntar. Dejó sus audífonos de lado en una mesita llena libros que había conseguido en mercadillos por ahí.
- Quiero comer algo, me prepararé algo. - dijo, no le volví a ver hasta 15 minutos más cuando le vi pasar por el pasillo probablemente a su habitación con un gran emparedado en sus manos.

"No está, quizás esté trabajando", pensé luego de 20 minutos que esperé en facebook, mi perfil estaba aburrido, como siempre.

Me levanté, puse la computadora en el sofá, cerré la ventana acabando con la danza eterna de las cortinas, y fuí a nuestra habitación, dónde estaba él, tirado en la cama con el emparedado a medio comer y la televisión prendida en uno de esos programas dónde la gente va a ganar dinero pero siempre lo pierden todo.

- Necesito incienso. - dije mirándolo fijamente, mientras este me devolvía la mirada con el emparedado en la boca.
- Para qué?. - dijo el
- Llevamos casi 8 meses en este apartamento, es hora de ponerle nuestro toque. - lo miré con la misma sonrisa, el ya conocía esa sonrisa, y si no la recordaba, pues ahora la recordaría.

jueves, 28 de julio de 2011

La luz

Mercurius sintió su cuerpo ligero, suspendido en una luz ... podía ver como sus audífonos flotaban en la gran masa de luz, justo tal como lo hacía su cuerpo entero.

Se quedó suspendido durante segundos, quizás minutos o hasta horas, no supo cuanto tiempo estuvo suspendido en aquélla tranquilidad.

Pronto sintió su cuerpo más pesado, la gran luz comenzó a cesar, a transformarse en un lindo paraje lleno de flores de diferentes colores, blancas, negras, rojas, violetas, amarillas, naranjas, un gran cielo azul con algunas nubes que parecían manchas de pintura blanca que el pincel de un artista detalló especialmente en aquél hermoso cielo.

Mercurius estaba en el piso, de rodillas y con ambas manos sujetando su cuerpo. Percibió una presencia delante. Levantó ambas manos y su cabeza, dejando su cabello negro sobre su rostro.

- Keith ... eres tú ... - susurró.

Un chico rubio lo miraba enfrente, con los ojos medio cerrados, un rostro frío pero también brillante, parecía iluminar las flores a su alrededor con su pureza.

- Yo .. Keith, eres tú ... eres realmente tú. - dijo Mercurius casi sin aliento.

El chico se dio vuelta y pareció desaparecer convirtiéndose en una ráfaga de pétalos amarillos.

La mirada de Mercurius cambió, sintió como el corazón se le desgarraba poco a poco, como si una bala hubiera destruido lo último que le quedaba de esperanza, sintió como una luz poco a poco se apagaba.

Mercurius se levantó violentamente.

- ¡ERES TÚ! - gritó. - ¡¿NO FUISTE CAPAZ DE ENVIARME A OTRO LUGAR?! ... te odio, te odio y encontraré la forma de hacerte pagar por mi existencia, te haces llamar la Suma Emperatriz de los Increados, de los dioses, sin embargo. - unas lágrimas comenzaron a recorrer el rostro del chico. - Yo, lo juro por los increados, por los dioses que habitan esta tierra, que te haré pagar. - el chico cayó violentamente al suelo, de rodillas llorando.

- No ha sido ella la que te ha enviado aquí. - dijo una voz como una canción angelical.

Una mano pálida y hermosa levantó el rostro de Mercurius; era una mujer, de cabellos congelados y cristalizados, ojos verdes y rostro armónico. Estaba desnuda, irradiaba un aura blanca, que hacía que las flores a su alrededor bailaran al son de la energía que fluía de ella.

- No llores hijo mío ... Adán y Eva hicieron que nosotros lanzáramos una maldición sobre su estirpe, comieron el fruto del conocimiento, y fueron desterrado del Edén. - La mujer puso su mano sobre el rostro de Mercurius. - La oscuridad y el caos se ciernen sobre la Torre que alguna vez fue blanca, contaminándote con su oscuridad. Yo, Titania, Emperatriz de las mujeres que danzan por los hilos de la vida, te destierro de la maldición de los humanos, serás bienvenido al Edén.

- Qué dices ... quién eres ... - Mercurius estaba confundido, sin embargo la mano de aquélla mujer era cálida y se sentía confortable con su presencia.

- Eres el Ungido, Mercurius ... estás destinado a desvanecer tus sombras interiores, y a desvanecer las sombras de los demás... No dejes nunca que tu luz se apague. - dijo la mujer.
- Mi luz es Keith. - respondió Mercurius.
- La sombra de tu alma es fuerte, más que la de tu luz, pero con nuestra ayuda pronto la derrotarás ... debes hacer algo por mí hijo mío, encontraremos la forma de que la sombra de todos los mundos y el cosmos caiga.

Mercurius supo de inmediato que aquélla sombra era La Emperatriz, y también se dio cuenta que quienquiera que fuera esa mujer, sabía como acabar con su sombra.

- Dime que debo hacer. - dijo el chico, la mujer le volvió a acariciar la mejilla y lo levantó, éste la miró directo a los ojos, parecía perderse en su pureza y vitalidad.
- Debes abrirle el camino a los Avatares, a Kether, la fuente original y acabar con la Emperatriz desde allí.
- Kether?. - Mercurius estaba confundido.
- Uno Forjará la llave, el otro abrirá la puerta y finalmente el último será aquél que entre a la fuente creadora del Edén, debes encontrarlos y conducirlos al bosque de las Memorias, Buscheilm.
- Así haré, majestad.

miércoles, 27 de julio de 2011

- Que has hecho con sus amigos?! - preguntó Mercurius enfadado.

La Emperatriz permaneció callada, en su lugar.

- Ella, ella venía con dos chicos más, dónde los has metido?, los has encerrado en esas armaduras como a todos los humanos que llegan aquí?
- Eso no es de incumbencia. - respondió la mujer. - los he enviado a Adul'hab, sólo para que tomen conciencia de que el mundo que les rodeaba antes ya no existe, nunca existió, sólo fue una ilusión. - ¡MIENTES! - gritó Mercurius. -Yo tenía una existencia en aquél entonces... no importaba de qué forma fuera, pero ellos y yo ... yo tenía una existencia en aquél lugar, la tierra. - Mercurius bajó la cabeza, unas lágrimas cayeron.

La mujer se quitó la capucha, y dejó al descubierto una cabellera rubia, casi blanca, y ojos cegados por una cinta negra.

- Yo te dí una existencia, yo te dí la sombra. - Dijo la mujer levantando ambos brazos, en ese momento, una sombra apareció detrás de Mercurius.
- Me la diste sólo para cumplir tus deseos y apresarla en mi cuerpo, no era más que un cascarón vacío que debía ser llenado con odio, venganza y toda clase de sentimientos sucios que encarcelaste en mi alma.
- No lo veas de esa forma hijo mío, yo te he dado la sombra para que la uses a tu favor, es un don, un regalo.  - La sombra detrás de Mercurius comenzó a incrementar su tamaño, mientras el aura de Mercurius parecía hacerse mas densa, tomando un color negro.
-Un don?, este don pertenecía al chico, Hermes ... aquélla persona que me has hecho asesinar y encarcelar su sombra dentro de mí, lo veo todos los días en mi mente y esta sombra no es más que un recordatorio más de lo que he hecho, está mal ... está mal... - dijo Mercurius con cierto esfuerzo, las lágrimas y el dolor trataban de ahogar su voz.

La mujer observaba con detenimiento y tranquilidad como la sombra de Mercurius comenzaba a tomar la forma de un chico, comenzaba a tomar la forma de Hermes, aquél chico que ella conocía bien.

- Sin embargo ... lo tengo todo controlado, yo ... - Mercurius se llevó las manos a su rostro para secar sus lágrimas. - yo lo he superado. - La sombra comenzó a desaparecer y pronto a ser absorbida por el cuerpo del chico. - Tú, sé tu secreto emperatriz, sé que no eres una increada y que clamas ser la Emperatriz de los Dioses, de los increados, sin embargo, quién diría que la gran emperatriz es una simple humana, como yo. - dijo el chico con esa sonrisa malévola y ojos llenos de resentimiento que son capaces de atemorizar a cualquiera.

La emperatriz apareció de pronto enfrente de Mercurius, tan cerca que podía ver hasta los detalles más finos de su rostro, su respiración, sus labios, hasta creyó distinguir los ojos humanos que se encontraban debajo de esa impía venda.

- Esto es algo que arreglaremos pronto, algo que pagarás pronto. - dijo la mujer con la misma tranquilidad de siempre.

Mercurius salió disparado hacía atrás, vió a la mujer desde lejos observándolo, luego vio las puertas abiertas, finalmente una luz lo abrazó.

lunes, 25 de julio de 2011

Sólo el tiempo sana las heridas.

Mercurius sabía lo que estaba pasando. Desde aquél día en el que todo cambió, aquél día en que fue desterrado del mundo que conocemos para siempre, perdiendo la oportunidad de existir.

Su padre golpeaba frecuentemente a su madre. Cada día que este se emborrachaba la golpeaba enfrente del pequeño, sin tener conciencia de lo mucho que mucho que sufría, obligándolo a aislarse en un mundo dónde no existían golpes ni ataques: su imaginación.

Vivían en un pequeño apartamento en Nueva York, ambos padres tenían estudios y ganaban el suficiente dinero para salir de allí. Sin embargo, el vicio de su padre los había llevado a la ruina.

Cuando Mercurius (en aquél entonces Claude), tenía 10 años nació Keith, su hermano menor, meses después su padre murió en un confuso accidente en un bar.

Al crecer Keith demostró tener grandes habilidades con la pintura, y con la nueva libertad de la madre de ambos, la vida familiar de Claude mejoró drásticamente. Claude llevaba todos los días a Keith a la escuela mientras su madre trabajaba.

Keith desarrolló un gran afecto por su hermano mayor, sin embargo, éste seguía igual de frío que siempre, parecía haber perdido la capacidad de demostrar cariño para siempre, aunque en su interior, una luz de cariño y cuidado brillaba gracias al pequeño Keith.

Keith era rubio, delgado y ojos verdes, mientras que Claude tenía los ojos oscuros y vacíos de su padre, el cabello negro también de éste y la misma complexión delgada de la familia.

Claude estudiaba bien, se le daba bien de hecho, aunque no tenía amigos y era bastante solitario, le gustaba así, era mejor.

Hasta que sucedió.

Claude llamó a su madre; estaba desesperado, Keith no acostumbraba a demorarse en llegar al apartamento al salir de la escuela, habían pasado tres horas y todavía no volvía.

Pasaron meses y Keith jamás apareció, la última ves que se le vio fue parado enfrente de su escuela, se estaba despidiendo de sus amigos para dirigirse a su hogar, cuando simplemente se esfumó del aire.

La situación era desesperante, el apartamento volvía a tener esa aura sombría y tenebrosa que tuvo antaño, su madre cayó en el vició que logró despedazar la niñez de Claude.

Era un domingo, eran las seis de la tarde, el sol se escondía.

Claude decidió tomar el metro, para alejarse de todo, no importa donde le llevara "En cualquier lugar estaría mejor que en ese apartamento" - pensó.

Sentado, con la cabeza baja, el cabello negro con mechones rojos le daba un toque bastante particular y oscuro. Sus audífonos negros y circulares envolvían sus oídos de cualquier sonido exterior, su chaleco y pantalón negro hacían que cualquier persona se sintiera incómoda sólo de sentir la extraña energía de aquél ser que parecía ser sólo un chico de 17 años.

Y pasó, sintió la puerta, pudo sentir sus manos acariciando la manilla de aquél extraño portal. Abrió los ojos. El mundo parecía haberse detenido. El hombre enfrente de su asiento parecía estar congelado mirándolo fijamente. Lo mismo notó con las otras 4 personas que se encontraban en el vagón.

- Ven conmigo y te daré una nueva existencia. - dijo una voz femenina.

Claude temió, pero siguió la voz a uno de los extremos del vagón suspendido en el misterioso vórtice de tiempo. A medida que se acercaba veía una luz, cada vez era mas fuerte, parecía envolverlo. Todo era diferente ya.

Claude murió para siempre, y con ello nació Mercurius.

miércoles, 20 de julio de 2011

El Teatro de los devorados

Era de noche en aquél bosque, todos los días a la misma hora Mercurius acostumbraba a soñar despierto navegando entre los más extraños y excéntricos mundos que uno pudiera imaginar.

El bosque estaba compuesto por arboles de madera negra y hojas verde musgo, la tierra mojada evidenciaba una lluvia reciente, había niebla y el ambiente parecía frío, desolador.

Mercurius se llevó las manos a la cabeza, mientras trataba de reflexionar sobre lo que le estaba ocurriendo.
No recordaba cómo había llegado allí, sin embargo sabía que no sería un buen lugar. Nunca era el tiempo ni el lugar adecuado para Mercurius.

- Qué es el suicidio, sino el paso a otra vida?. - dijo una voz entre la maleza.

Mercurius levantó la cabeza y trato de observar su entorno con atención, para lograr averiguar de dónde venía aquélla voz tan mística, miró entre los troncos de los árboles, entre las hojas caídas. Hubo silencio.

De pronto, escuchó ruidos enfrente de el, desde un árbol salió un hombre con sombrero de copa, traje negro harapiento y una máscara blanca sonriente con ojos perturbadores, tenía unos cuantos mechones de cabello blanco que caían desde el sombrero hasta sus hombros. El hombre apareció danzando Ballet en medio de los árboles y de cierto modo tenía un aire extraño que le incómodaba a Mercurius.

- Quién eres?. - preguntó el chico, asustado y levantándose desde el tronco en el que se encontraba sentado
- Qué importa quién soy, sino cuál es mi mensaje. - dijo el excéntrico personaje.

El hombre se acercó danzando y dando vueltas, Mercurius notó que su voz llegaba en cierto modo a ser ronca con un tono grave. El hombre tomó una de las manos de Mercurius, éste dudó e incluso desconfió de aquél estrafalario hombre, pero se dejó llevar, se fijó en sus manos, eran viejas, huesudas y arrugadas.

- La muerte está danzando en tí. - musitó el hombre con el mismo tono grave, moviendo su cabeza de un lado a otro expresivamente.

- Eh?. - Mercurius no entendía nada.

El hombre se puso de espaldas frente a Mercurius y se hincó, hizo unas maniobras con sus manos y luego volvió a darse vuelta con una máscara esta vez con una expresión triste.

- Sígueme, sígueme, sígueme y danza conmigo maldito de Adán. - exclamó el hombre moviendo los brazos de un lado a otro, finalizado esto se dio vuelta y comenzó a saltar y dar vueltas mientras caminaba. Mercurius decidió seguirle.

Luego de un momento, cuando la luna estaba en el punto más alto del cielo, el bosque oscuro se transformó en un lúgubre camposanto.  Tumbas por doquier, mausoleos antiguos y a punto de caer, el hombre seguía danzando por las tumbas, disfrutando de su propia fiesta en medio de la tétrica noche.