lunes, 25 de julio de 2011

Sólo el tiempo sana las heridas.

Mercurius sabía lo que estaba pasando. Desde aquél día en el que todo cambió, aquél día en que fue desterrado del mundo que conocemos para siempre, perdiendo la oportunidad de existir.

Su padre golpeaba frecuentemente a su madre. Cada día que este se emborrachaba la golpeaba enfrente del pequeño, sin tener conciencia de lo mucho que mucho que sufría, obligándolo a aislarse en un mundo dónde no existían golpes ni ataques: su imaginación.

Vivían en un pequeño apartamento en Nueva York, ambos padres tenían estudios y ganaban el suficiente dinero para salir de allí. Sin embargo, el vicio de su padre los había llevado a la ruina.

Cuando Mercurius (en aquél entonces Claude), tenía 10 años nació Keith, su hermano menor, meses después su padre murió en un confuso accidente en un bar.

Al crecer Keith demostró tener grandes habilidades con la pintura, y con la nueva libertad de la madre de ambos, la vida familiar de Claude mejoró drásticamente. Claude llevaba todos los días a Keith a la escuela mientras su madre trabajaba.

Keith desarrolló un gran afecto por su hermano mayor, sin embargo, éste seguía igual de frío que siempre, parecía haber perdido la capacidad de demostrar cariño para siempre, aunque en su interior, una luz de cariño y cuidado brillaba gracias al pequeño Keith.

Keith era rubio, delgado y ojos verdes, mientras que Claude tenía los ojos oscuros y vacíos de su padre, el cabello negro también de éste y la misma complexión delgada de la familia.

Claude estudiaba bien, se le daba bien de hecho, aunque no tenía amigos y era bastante solitario, le gustaba así, era mejor.

Hasta que sucedió.

Claude llamó a su madre; estaba desesperado, Keith no acostumbraba a demorarse en llegar al apartamento al salir de la escuela, habían pasado tres horas y todavía no volvía.

Pasaron meses y Keith jamás apareció, la última ves que se le vio fue parado enfrente de su escuela, se estaba despidiendo de sus amigos para dirigirse a su hogar, cuando simplemente se esfumó del aire.

La situación era desesperante, el apartamento volvía a tener esa aura sombría y tenebrosa que tuvo antaño, su madre cayó en el vició que logró despedazar la niñez de Claude.

Era un domingo, eran las seis de la tarde, el sol se escondía.

Claude decidió tomar el metro, para alejarse de todo, no importa donde le llevara "En cualquier lugar estaría mejor que en ese apartamento" - pensó.

Sentado, con la cabeza baja, el cabello negro con mechones rojos le daba un toque bastante particular y oscuro. Sus audífonos negros y circulares envolvían sus oídos de cualquier sonido exterior, su chaleco y pantalón negro hacían que cualquier persona se sintiera incómoda sólo de sentir la extraña energía de aquél ser que parecía ser sólo un chico de 17 años.

Y pasó, sintió la puerta, pudo sentir sus manos acariciando la manilla de aquél extraño portal. Abrió los ojos. El mundo parecía haberse detenido. El hombre enfrente de su asiento parecía estar congelado mirándolo fijamente. Lo mismo notó con las otras 4 personas que se encontraban en el vagón.

- Ven conmigo y te daré una nueva existencia. - dijo una voz femenina.

Claude temió, pero siguió la voz a uno de los extremos del vagón suspendido en el misterioso vórtice de tiempo. A medida que se acercaba veía una luz, cada vez era mas fuerte, parecía envolverlo. Todo era diferente ya.

Claude murió para siempre, y con ello nació Mercurius.

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