miércoles, 12 de octubre de 2011

Tired Of.

Estoy cansado de escribir, de leer, de dormir, de comer, de vivir, de respirar, de estudiar, de ser una de las personas que acepta lo que el sistema y los demás piden de mí.

No soy lo que soy, no soy lo que quiero ser, no me gusta ser lo que soy.

Por que todos bailamos alrededor del sistema enceguecidos por el resplandor que nunca existió.

-¿Bailemos? - me preguntó ella, exaltada. - Luego, debo descansar. - respondí, la verdad era que tenía vergüenza.

No podemos afrontar lo que somos sin crear miles de máscaras para tapar nuestras sombras.

- Dí que sí, sólo por hoy. - insistió. - Quiero descansar, ha sido un día agotador. - No iba a dejar que esta vez se saliera con la suya.

¿Por qué me sigo preguntando cosas que no existen?, explorando irrealidad que jamás tuvieron un lugar en la Pandora que todos habitamos.

- He oído lo que ha pasado con Isabella, es una lástima. - dijo mientras encendía un cigarrillo, había desistido finalmente. -Todos iremos dónde ella, tarde o temprano, esto no tiene esperanza, sólo tapamos el sol con un dedo. - Me empezaba a disgustar enormemente, sólo quería estar solo.

Era cierto, todos bailábamos alrededor del fuego que nos consumía, ese que cada vez que una persona se adentraba en sus llamas, parecía inmolarte con energía, con vida.

- Sabes ... he estado pensando en ... - No hacía falta que lo dijiera. Ya lo sabía todo.

sábado, 8 de octubre de 2011

El némesis

Ahí estaba, sentado en una habitación rectangular oscura y tétrica. Un hombre de camisa azul y cortaba roja, pelo negro con algunas canas y rostro delgado, no parecía un policía, más bien parecía un hombre preocupado por un hijo.

-Dinos, ¿por qué llevabas un arma?. - Preguntó el hombre, mientras presionaba cada vez más mi mano sobre el yeso de mi brazo izquierdo. - Dime, que tienes que ver con Isabella Montero. - Sus preguntas parecían golpearme la psique, su nombre invocaba la serpiente escondida en mi subconsciente, una vez más.
- No la conocía, me preguntó si ese era el edificio Obelisk, le respondí que sí eso es todo. - Logré terminar la oración tembloroso. - Eso es estúpido, esa chica conocía la ciudad tan bien como yo, Isabella vivía aquí, había recorrido estas calles tanto como tu o yo. - Golpeó la mesa con fuerza y me dio la espalda, parecía conocer a Isabella, se le notaba en el rostro. - Por última vez, ¿Por qué llevabas un arma? En el lugar y el momento en que Isabella se "suicidó". - Basta Jack. - Una puerta que ni siquiera me había dado cuenta que existía se abría de par en par.

Era el chico de cabellos negros y mirada penetrante. -El no tiene nada que ver, yo lo he hecho, yo he tenido que acabar con Isabella. - El hombre se dio vuelta e inmediatamente cambió su expresión a odio, sin embargo cerró los ojos y estuvo callado un momento... - Maldición Mercurius, maldición. - el hombre parecía frustrado.
- Se resistió. - el chico miraba al detective esperando una reacción, yo seguía allí esperando sentado entre una discusión que me parecía cercanamente ajena, estaba involucrado, más no sabía nada al respecto.

- Sígueme. - me dijo Mercurius, el detective se sorprendió - ¿Dónde lo llevas?, ¡está siendo procesado como sospechoso de la muerte de Isabella! - exclamó. - Pues haz el papeleo como siempre lo has hecho y ¡quítale los cargos!. El chico me tomó del brazo enyesado y me condujo fuera de la sala, estabamos en una comisaría, no recordaba como había llegado allí, me había dado cuenta que mis memorias comenzaron a registrar todo desde que estaba en aquélla sala siendo interrogado por el detective.

- ¿Qué sentiste cuando fuiste "llamado" por Isabella? - preguntó el chico. Ya habíamos salido de la departamento de policía y estábamos en plena calle. - ¿"llamado"? - Recordaba todo lo ocurrido a la perfección, sin embargo ahora que lo veía desde un criterio completamente neutro, me daba cuenta que mi actuar de seguir a una persona que recién había conocido y de la que sólo sabía su nombre había sido completamente ilógico, ¿Me había dejado llevar?. - Isabella te ha llamado y has acudido, lo que realmente me sorprende es que no hayas caído en la locura, o simplemente hubieras muerto.
- El Bastión exige las ganancias - dijo el General, con actitud arrogante.
- Dile al bastión que mi rey exige las suyas. - respondió el guardia.

El calor, la humedad y el largo camino desde Cyalar hasta las ciudades andantes tenían bastante cabreado al General y su armadura pesada no ayudaba mucho en calmar su enojo.

- ¡Pues quiero hablar con tu rey, vasallo! - gritó el General, enfurecido por la respuesta del guardia.

Las ciudades andantes eran campamentos a gran escala que se erguían por las costas del Mar de Reyes, campamentos que eran levantado por un pueblo milenario, que seguía el rastro de las flores para luego comercializar sus pigmentos o sus semillas en las grandes ciudades del Bastión.

El palacio del rey no era más que una gran tienda con finas telas y pieles por todas partes, dónde el dulce aroma de las flores abunda y todo el día los trovadores y bailarinas demuestran el amor que los pueblos libres sienten por el arte.

El general fue conducido por muchas secciones de la misma tienda, al ambiente festivo de la misma escondía completamente las precarias condiciones en las que se encontraban los nómadas.

Finalmente en la gran sala del rey, adornada con rosas por todas partes, se encontraba el Rey-Sacerdote, no tenía nombre, no le era permitido tenerlo, sin embargo era el hombre más respetado de toda la ciudad. A diferencia de las otras habitaciones ésta no tenía alfombras, sólo pasto y hierba.

El hombre estaba sentado al final de la sala en la tierra junto a algunas hierbas, vistiendo una larguísima túnica de diferentes pieles, cabello negro y largo, y un rostro duro pero al mismo tiempo sereno.

- ¿Qué desea el hombre guerras? - dijo el Rey, con los ojos cerrados sin inmutarse.
- El Bastión exige las ganancias que ustedes nos prometieron. - dijo el General con la misma arrogancia que parecía seguirle, el Rey permaneció en silencio un momento.
- El bastión no necesita más dinero del que ya tiene, ya tienen bastante. - El general se impacientó.
- El bastión intercambia mercancías con tu gente, no habéis pagado vuestros impuestos por al menos 3 lunas  negras, no queréis que tu gente sufra, ¡entonces páganos...! - exclamó el general, el rey abrió los ojos y se levantó.
- Por años no han quitado silenciosamente lo nuestro, gente del norte, aparentan una buena relación frente a los demás. He oído lo que les pasa en sus tierras, la gente se rebela, los Reyes Australes se vuelven a levantar. Dónde está tu Jackenzard ahora?. - Dijo el rey, golpeando al General petulante con sus palabras.
- ¡¿A qué puntos quieres llegar?! - exclamó el General, el silencio volvió a apoderarse del salón.
- Si pides más de lo que ya te hemos dado. - El hombre se agachó y tomó un puñado de tierra, del verde pasto. - Esta tierra, la tierra que compartimos con ustedes, se volverá negra y no nos arrodillaremos ante ningún Bastión ni ante ningún Consejo, ya sabes a lo que quiero llegar.
- No amenaces al Bastión Rey sin nombre, por qué no cuentas ni con los recursos económicos, ni con los militares para someter a Cyalar y al Bastión. - El General estaba apunto de darse la vuelta y salir para dar la orden de saquear la ciudad andante, pero antes, el rey lanzó el puñado de tierra hacia el rostro descubierto del General.