- El Bastión exige las ganancias - dijo el General, con actitud arrogante.
- Dile al bastión que mi rey exige las suyas. - respondió el guardia.
El calor, la humedad y el largo camino desde Cyalar hasta las ciudades andantes tenían bastante cabreado al General y su armadura pesada no ayudaba mucho en calmar su enojo.
- ¡Pues quiero hablar con tu rey, vasallo! - gritó el General, enfurecido por la respuesta del guardia.
Las ciudades andantes eran campamentos a gran escala que se erguían por las costas del Mar de Reyes, campamentos que eran levantado por un pueblo milenario, que seguía el rastro de las flores para luego comercializar sus pigmentos o sus semillas en las grandes ciudades del Bastión.
El palacio del rey no era más que una gran tienda con finas telas y pieles por todas partes, dónde el dulce aroma de las flores abunda y todo el día los trovadores y bailarinas demuestran el amor que los pueblos libres sienten por el arte.
El general fue conducido por muchas secciones de la misma tienda, al ambiente festivo de la misma escondía completamente las precarias condiciones en las que se encontraban los nómadas.
Finalmente en la gran sala del rey, adornada con rosas por todas partes, se encontraba el Rey-Sacerdote, no tenía nombre, no le era permitido tenerlo, sin embargo era el hombre más respetado de toda la ciudad. A diferencia de las otras habitaciones ésta no tenía alfombras, sólo pasto y hierba.
El hombre estaba sentado al final de la sala en la tierra junto a algunas hierbas, vistiendo una larguísima túnica de diferentes pieles, cabello negro y largo, y un rostro duro pero al mismo tiempo sereno.
- ¿Qué desea el hombre guerras? - dijo el Rey, con los ojos cerrados sin inmutarse.
- El Bastión exige las ganancias que ustedes nos prometieron. - dijo el General con la misma arrogancia que parecía seguirle, el Rey permaneció en silencio un momento.
- El bastión no necesita más dinero del que ya tiene, ya tienen bastante. - El general se impacientó.
- El bastión intercambia mercancías con tu gente, no habéis pagado vuestros impuestos por al menos 3 lunas negras, no queréis que tu gente sufra, ¡entonces páganos...! - exclamó el general, el rey abrió los ojos y se levantó.
- Por años no han quitado silenciosamente lo nuestro, gente del norte, aparentan una buena relación frente a los demás. He oído lo que les pasa en sus tierras, la gente se rebela, los Reyes Australes se vuelven a levantar. Dónde está tu Jackenzard ahora?. - Dijo el rey, golpeando al General petulante con sus palabras.
- ¡¿A qué puntos quieres llegar?! - exclamó el General, el silencio volvió a apoderarse del salón.
- Si pides más de lo que ya te hemos dado. - El hombre se agachó y tomó un puñado de tierra, del verde pasto. - Esta tierra, la tierra que compartimos con ustedes, se volverá negra y no nos arrodillaremos ante ningún Bastión ni ante ningún Consejo, ya sabes a lo que quiero llegar.
- No amenaces al Bastión Rey sin nombre, por qué no cuentas ni con los recursos económicos, ni con los militares para someter a Cyalar y al Bastión. - El General estaba apunto de darse la vuelta y salir para dar la orden de saquear la ciudad andante, pero antes, el rey lanzó el puñado de tierra hacia el rostro descubierto del General.
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