Mercurius sintió su cuerpo ligero, suspendido en una luz ... podía ver como sus audífonos flotaban en la gran masa de luz, justo tal como lo hacía su cuerpo entero.
Se quedó suspendido durante segundos, quizás minutos o hasta horas, no supo cuanto tiempo estuvo suspendido en aquélla tranquilidad.
Pronto sintió su cuerpo más pesado, la gran luz comenzó a cesar, a transformarse en un lindo paraje lleno de flores de diferentes colores, blancas, negras, rojas, violetas, amarillas, naranjas, un gran cielo azul con algunas nubes que parecían manchas de pintura blanca que el pincel de un artista detalló especialmente en aquél hermoso cielo.
Mercurius estaba en el piso, de rodillas y con ambas manos sujetando su cuerpo. Percibió una presencia delante. Levantó ambas manos y su cabeza, dejando su cabello negro sobre su rostro.
- Keith ... eres tú ... - susurró.
Un chico rubio lo miraba enfrente, con los ojos medio cerrados, un rostro frío pero también brillante, parecía iluminar las flores a su alrededor con su pureza.
- Yo .. Keith, eres tú ... eres realmente tú. - dijo Mercurius casi sin aliento.
El chico se dio vuelta y pareció desaparecer convirtiéndose en una ráfaga de pétalos amarillos.
La mirada de Mercurius cambió, sintió como el corazón se le desgarraba poco a poco, como si una bala hubiera destruido lo último que le quedaba de esperanza, sintió como una luz poco a poco se apagaba.
Mercurius se levantó violentamente.
- ¡ERES TÚ! - gritó. - ¡¿NO FUISTE CAPAZ DE ENVIARME A OTRO LUGAR?! ... te odio, te odio y encontraré la forma de hacerte pagar por mi existencia, te haces llamar la Suma Emperatriz de los Increados, de los dioses, sin embargo. - unas lágrimas comenzaron a recorrer el rostro del chico. - Yo, lo juro por los increados, por los dioses que habitan esta tierra, que te haré pagar. - el chico cayó violentamente al suelo, de rodillas llorando.
- No ha sido ella la que te ha enviado aquí. - dijo una voz como una canción angelical.
Una mano pálida y hermosa levantó el rostro de Mercurius; era una mujer, de cabellos congelados y cristalizados, ojos verdes y rostro armónico. Estaba desnuda, irradiaba un aura blanca, que hacía que las flores a su alrededor bailaran al son de la energía que fluía de ella.
- No llores hijo mío ... Adán y Eva hicieron que nosotros lanzáramos una maldición sobre su estirpe, comieron el fruto del conocimiento, y fueron desterrado del Edén. - La mujer puso su mano sobre el rostro de Mercurius. - La oscuridad y el caos se ciernen sobre la Torre que alguna vez fue blanca, contaminándote con su oscuridad. Yo, Titania, Emperatriz de las mujeres que danzan por los hilos de la vida, te destierro de la maldición de los humanos, serás bienvenido al Edén.
- Qué dices ... quién eres ... - Mercurius estaba confundido, sin embargo la mano de aquélla mujer era cálida y se sentía confortable con su presencia.
- Eres el Ungido, Mercurius ... estás destinado a desvanecer tus sombras interiores, y a desvanecer las sombras de los demás... No dejes nunca que tu luz se apague. - dijo la mujer.
- Mi luz es Keith. - respondió Mercurius.
- La sombra de tu alma es fuerte, más que la de tu luz, pero con nuestra ayuda pronto la derrotarás ... debes hacer algo por mí hijo mío, encontraremos la forma de que la sombra de todos los mundos y el cosmos caiga.
Mercurius supo de inmediato que aquélla sombra era La Emperatriz, y también se dio cuenta que quienquiera que fuera esa mujer, sabía como acabar con su sombra.
- Dime que debo hacer. - dijo el chico, la mujer le volvió a acariciar la mejilla y lo levantó, éste la miró directo a los ojos, parecía perderse en su pureza y vitalidad.
- Debes abrirle el camino a los Avatares, a Kether, la fuente original y acabar con la Emperatriz desde allí.
- Kether?. - Mercurius estaba confundido.
- Uno Forjará la llave, el otro abrirá la puerta y finalmente el último será aquél que entre a la fuente creadora del Edén, debes encontrarlos y conducirlos al bosque de las Memorias, Buscheilm.
- Así haré, majestad.
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