Yo soy la Redención
El hombre se acercó a mí, el dolor era insoportable, hilos de sangre escarlata recorrían lentamente mi rostro en dirección al suelo. Mi cabeza inclinada le daba la oportunidad de asesinarme. "Haz que pare" deseaba, gritaba en mi interior, más el dolor no paró.
Tomé la mano que el tipo apretaba contra mi cabeza y la apreté tanto que el dolor pareció desaparecer un momento, un momento celestial en dónde todo era más claro, un momento en dónde mi concencia presenció un eclipse, un éxtasis divino.
Apunté mi pistola 9 mm. con mi otra mano al rostro oscuro y tenebroso del hombre. Jalé el gatillo.
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