sábado, 5 de febrero de 2011

Elohim


Un chico aparecía en la torre de la Sacerdotisa, la que hace días Hermes visitó para consultarle por el paradero de Aiko.
La Sacerdotisa se encontraba como siempre sentada mirando el abismo que se plantaba bajo ella solemnemente. Al darse cuenta de la presencia del chico, ésta se dió media vuelta y se puso de pie.
- Has venido, Mercurius. - dijo la Sacerdotisa al chico.
El chico vestía jeans negros con cadenas y una polera apretada negra con una gran mancha roja color sangre, su cabello era negro y tenía ambos lados de su cabeza rapados.
- Por qué ... por qué me creaste ... todavía no lo logro entender. - dijo el chico mirando al suelo, asustado y temeroso de los ojos de la sacerdotisa.
- Debías ser creado, tu existencia tiene una razón: Hermes.
- Yo ... no lo logro entender, no me siento parte de el.
- Eso ya no importa, quiero que lo mates. - sonrió la Sacerdotisa.
- Lo haré, pero me dirás por que me creaste cuando lo haga?. - preguntó Mercurio.
- Lo haré, si es que eso te complace. Veamos que tanto has dominado tu sombra.
La Sacerdotisa hizo un gesto en el aire, y un templario cayó enfrente de Mercurio. Pronto, desde mercurio, salió una sombra haciendole frente al templario, la sombra tomó forma de Hermes y dijo:
- Hey, Mercurio, para qué me has llamado. - La sombra irradiaba un gas negro y sólo podía ser vista por mercurio.
- Es esto todo?, Tú, es tu fin. - Dijo el templario furioso.
Mercurio sonrió y la sombra caminó hacia el templaro tomándolo desde el cuello y abollando la armadura que tenía alrededor de este.
- Tu no eres nada, eres polvo en mis manos, arena que pasa lentamente por entre mis dedos. - dijo la sombra.
Mercurio comenzó a sonreir mientras observaba a su sombra matando al templario.
- Tu vida no es nada en comparación con la mía, tu no existe, yo sí. - continuó la sombra.
Mercurio a este punto miraba el piso con una expresion de placer en sus ojos y una sonrisa feliz pero a la vez sombría. La sombra pronto terminó de aplastar el cuello del templario y al hacerlo un humo negro salió de la armadura y esta cayó al piso abollada por la sombra.
- Porque tu eres yo ... - dijo Mercurio.
- Y yo soy tú... - dijo la sombra, finalizando la masacre, la sombra regresó a Mercurio.
La sacerdotisa avanzó hasta Mercurio aplaudiendo y con uan sonrisa en su cara, pateando la armadura a su paso con sus piernas que se encontraban escondidas bajo la toga negra.

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